La vida en el océano no solo puede ser relajante y apacible, sino también muy sacrificada. Algunos viajes, como los que emprende el BIC Humboldt a la Antártida, pueden durar meses. Lo que no puede perderse es el buen humor
Sube la pesada ancla, taca-taca-taca-taca. El penetrante ruido no me deja escuchar nada más. Solo el taca-taca-taca-taca del sonido de la gigante cadena. Mientras, llegan los marineros a la proa para un ritual que tiene que salir a la perfección: extraer del mar ese pedazo de metal que una vez fuera significará nuestra libertad. Soy el único extraño en la escena, pero me hablan con amabilidad y sin parar. Asiento con la cabeza al ritmo del taca-taca como si entendiera. Sonrío, pero no escucho nada. Estamos sobre el buque de investigación científica Humboldt, la única embarcación peruana que ha llegado a la Antártida para instalarse en la base Machu Picchu. Tras 20 minutos, terminó el taca-taca-taca-taca y, por fin, podemos conversar.
Este viaje fue una invitación del Proyecto Caral y del Gobierno Regional del Callao para conocer Áspero, el puerto más añejo de América, con 5 mil años de antigüedad y ubicado a 192 kilómetros al norte de Lima. La misión suponía unir nuestro principal puerto con el primero del continente.
Mientras trataba de acomodarme en el buque, “Pajarito” (que era el tripulante de turno y, por lo tanto, el responsable de cuidar que todo marchara bien) no paraba de hablar y nos tenía mudos, a mí y a Fernando Fujimoto, mi compañero de viaje.
— Tú eres japonesito, y tú, chinito.
— Sí.
— Japonesito, chinito; chinito, japonesito. ¿Y qué? ¿Hay más en El Comercio, chinitos o japonesitos?
Pajarito habla con diminutivos: chinito, japonesito, barquito, hijito, esposita, comidita, paseíto. Antes de ser marino vivió en Chanchamayo, en la época más fuerte del MRTA. La vida en el mar le ha dado más tranquilidad. Le gusta. Se ríe y cuenta sus travesías a la Antártida. Ha ido tres veces y cada vez se sorprende más: “Allá todos te ayudan, sin importar de dónde llegues. Brasileños, chilenos, argentinos. Conocí también a muchos chinitos como ustedes. Perdón, chinitos y japonesitos. Me gustan las chinitas. Pero tienen tetitas chiquitas. Tampoco se pintan. Siempre están bien cubiertitas. ¿Y ustedes comen con palitos? Yo quiero aprender”. Después de tanto comentario sin pausa solo quedó reír. Apenas llegaba alguien a la proa, nos señalaba con el dedito: “Chinito y japonesito, son amiguitos y comen con palitos”.
Hace varias décadas los japonesitos y los chinitos llegaron al Perú en inseguras embarcaciones. Eran, en su mayoría, hombres que se iban de casa con la esperanza de reunir algún día el dinero suficiente para traer al resto de su familia a esta nueva tierra. Supe, Barranca y Huacho fueron los principales destinos de los inmigrantes asiáticos; sin embargo, los fuertes en esta zona fueron los japoneses, que terminaron construyendo el cementerio nipón más hermoso de América: San Nicolás.
Mi familia nunca vivió en el norte, la de Fernando, sí. Éramos dos descendientes de asiáticos en un barco que arribaba al puerto de Supe, como hicieron centenares de paisanos. Fernando iba en busca de sus raíces. Llevaba un mapa con la ubicación de la casa donde vivió su familia. Quería tomar fotos y preguntar por sus antepasados. Al día siguiente cumpliría su tarea.
Cambio de turno. Llegó un marinero viejo, con lentes oscuros a lo Stevie Wonder, botas recién compradas con el sticker de la talla en el talón, gorra y una sonrisa. Durante su juventud, Juan Campos militó en el PPC. Fue líder en el norte del país y llegó a conocer a personajes políticos de la época. Pero el mar ganó: “Apenas conocí lo que era navegar, me enamoré. La vida es más tranquila y no hay peleas por tonterías. Todo es paz. Además, he podido levantar infinidad de “pescaditos” en cada puerto al que llegaba y eso me gusta”.
Sin darnos cuenta, la proa se había llenado de personas que escuchaban sentadas en el piso y que miraban fijamente a este narrador de cuentos, que no se cansaba de contar peripecias marinas recolectadas a lo largo de más de 20 años en el Humboldt y de 16 estadías en el continente blanco. “En la Antártida no hay disputas, fronteras ni nacionalidades. Todos son buenos vecinos, tan buenos que hasta comparten las fiestas. Lo malo es que hay pocas mujeres. Además, nos ayudan siempre. La mayoría de países tiene más tiempo por allá y están más equipados”, comenta Campos.
Ser marinero no es fácil. Cualquier falla podría ser fatal. “¿Has visto la película “El barco fantasma”? ¿Recuerdas el accidente del inicio, cuando se zafa un cable y este le corta la cabeza a todos? Pues eso puede pasar, por eso debemos tener todo controlado y estar atentos”, comenta Manuel Brenner en medio de su turno en la proa. Reconoce que lo más complicado es estar lejos de la familia. A veces, cuando se van a la Antártida, el alejamiento puede llegar hasta los tres meses. Hacen lo que pueden para distraerse. Han acondicionado una mesa de ping-pong al lado del comedor y tienen un fulbito de mano en el que los goles los hace la marea.
Por lo que cuentan, en el mar todos colaboran con los demás. ¿Por qué, entonces, hay tantas disputas por el mar? Somos los que estamos en tierra los que nos peleamos por el mar, donde la vida no es salada sino dulce.
Después de 13 horas de viaje, de conversaciones acerca de Fujimori, de lo mal que nos va en el fútbol, de la vida en pareja y de la belleza femenina, del mar y sus peligros, de la Antártida, y de algunos minutos de sueño ligero, llegamos a Supe para al día siguiente conocer Áspero. Baja el ancla con lentitud. Vuelve el taca-taca-taca-taca.
http://www.elcomercio.com.pe/noticia/287761/travesia-humboldt-conversaciones-alta-mar
martes 23 de junio de 2009
jueves 16 de abril de 2009
La gran fiesta de la carne
Este es un texto que hice para el taller de la FNPI, es la versión larga... una versión más pequeña salió publicada en El Comercio (http://www.elcomercio.com.pe/impresa/notas/gran-fiesta-carne/20090322/262677). Ahí va...
.......
Todo el público postrado a los lados de la avenida los aplaude. Motivado por ello, Gatúbela le roba un beso en la boca a la Mujer maravilla. King Kong coge fuertemente del brazo a una marimonda que camina chueco y amaga vomitar todo lo que tiene dentro. Tres monocucos, los payasos del carnaval, intentan abrir una botella de ron al mismo estilo que los Tres chiflados y uno de ellos, el más ebrio, termina abriéndola con su boca para tragarse la mitad de ella. Los policías, los únicos no disfrazados, intentan poner orden. No pueden y tampoco lo intentan mucho. Nadie les hace caso. Están en medio de la guacherna, el desfile que le pone punto final al pre carnaval de Barranquilla y le da comienzo al carnaval propiamente dicho, en donde se desbordan con mucha facilidad todo tipo de pasiones. Dicen que todo está permitido en estos días: las mujeres se desbandan detrás de máscaras, los hombres enferman sus mentes con o sin máscara, toda la ciudad huele y sabe a alcohol y te regalan condones por todas las calles. Todos lo disfrutan excesivamente, tanto que en noviembre, nueve meses después, se dan los mayores índices de nacimientos de niños en Barranquilla, dando a luz a los llamados Hijos del carnaval. Todos se preparan con varios meses de anticipación para esta festividad que para casi todos los barranquilleros es más importante que la Navidad.
Falsas promesas
Había llegado a Barranquilla para disfrutar, durante cuatro días, de su fiesta; pero mientras iba conociendo más, me involucraba más, sin querer queriendo, en este jolgorio que se reproduce salvajemente en la piel de todo aquel que se diga barranquillero (y de todo aquel que quiera serlo). Sin embargo, en medio de mi éxtasis, me iba cruzando con personas que no me hablaban bien del carnaval. Mis amigos los taxistas evangélicos.
Era mi segundo día en Barranquilla y me iba a Barrio Abajo, uno de los primeros barrios de esta zona del Atlántico y donde se iniciaron los carnavales. Quería conocer las raíces de esta fiesta. Tenía un minuto dentro del taxi y reconocí un tonito, el mismo que escucho en la casa de mis papás cuando los voy a visitar en Lima. Música evangélica.
- ¿Eres evangélico, no?
- Sí.
- ¿Y te gusta el carnaval?
- No, no participo. Ahí está el pecado. No hay control. La gente se droga, se emborracha, las mujeres no ven a sus esposos durante varios días. ¿Eso cómo puede ser diversión?
Una vez que llegué, empecé a caminar y caminar sin rumbo. Había escuchado algunas cosas de este lugar, pero estar ahí es distinto. Las calles están pintadas de amarillo, azul, rojo, rosado y verde; los autos pasan disfrazados con los mismos colores; las mujeres, morenas con el trasero firme y ojos de gato, te miran con deseo; las ancianas te sonríen; y no te hacen sentir en el lugar peligroso que tanto comentan. En la misma zona se encuentra la Casa del carnaval, donde están las oficinas en las que se prepara logísticamente toda la fiesta. En Barrio Abajo finaliza el desfile de los carnavales, la gente baila, se organizan ruedas de cumbia y todas las personas van a terminar como se debe el carnaval.
Me habían hablado mucho del Pavo, uno de los personajes más representativos del carnaval. Que había sido Rey Momo; que le encanta el carnaval; que tiene su comparsa llamada La rebelión de las auténticas marimondas (el único disfraz tradicional de Barranquilla); que había ido a la sede de la Unesco en París, representando a la ciudad, cuando le dieron al carnaval de Barranquilla el título de Patrimonio intangible de la humanidad; y también que él le había prometido a su mujer que dejaría el carnaval después de ser Rey Momo e iría a la iglesia evangélica con ella. Esto último no sucedió. El Pavo se coronó Rey Momo 2008 y en este 2009, dicen, está más enganchado que nunca con el carnaval.
El Pavo no llegaba. Dentro de su casa estaba su rottweiler, que, para colmo, también se llamaba Pavo. El Pavo, aunque su sobrenombre no lo refleje, es uno de los personajes ilustres de Barranquilla. Me lo imaginaba un gordo molesto y quisquilloso, sin embargo, cuando llegó, era todo lo contrario: sonriente y bonachón. Su palabra es la más respetada en Barrio Abajo. Físicamente es una versión caribeña de Homero Simpson. Moreno, de mediana estatura y con una panza llena de arepas y de ron. No debe medir más de 1.70m.; usa un bigote denso; tiene unos ojos saltones, que te comen con la mirada; a diferencia de Homero, tiene pelo: es corto, negro y ondulado; siempre va vestido con un short y camisas floreadas de todos los colores. No tiene dinero y lo que le sobra no es cariño, sino carnaval. Cuando escucha esa palabra, se pone como un niño. Salta, corre, deja todo su dinero, bebe ron, se amanece, llora. Su esposa, dicen, está harta. Es como Marge que adora a Homero pero él siempre termina haciendo lo que le da la gana. Ella es Nubia. Adorable, tranquila, buena, una mujer maternal, de esas que todos los machistas quisieran tener en su casa. No fuma, no toma ni baila pegado. Es evangélica.
Hace 18 años Nubia se enamoró del Pavo. Hace siete, aceptó a Cristo en su corazón. Cuando ella se convirtió al evangelismo pensó que lo convencería de abandonar lo que su iglesia considera sus pasiones pecaminosas y seguir el camino del bien. Lurlini, le hermana del Pavo y creyente de la fe desde hace 15 años, fue la que llevó a Nubia a la iglesia.
- ¿Y el Pavo no se molestó?
- ¡Claro! Nacho se puso como loco cuando se enteró. No le gustó nadita la idea. Dijo que ella no tenía necesidad de ir a la iglesia porque ella es una mujer buena, dedicada, trabajadora. Pero él no comprende. Dios nos da tranquilidad, papi. Pero ninguno de los dos se hace problema. Se toleran y se respetan.
- Él nunca dejará los carnavales…
- Imposible (risas), el Nacho cada vez está más prendido en los carnavales, nos guste o no, papi.
El día está terminando y son las siete de la noche y Nubia le sirve agua helada a unos niños disfrazados de murciélagos que van a seguir ensayando. El Pavo sale totalmente cambiado de marimonda: saco, camisa y pantalón puestos al revés, junto con una máscara en la que resalta una nariz de elefante y unos ojos de huevo frito. Se despide de ella con un beso volado y va corriendo a la calle. Toda hora es carnaval, la fiesta de la carne. Apúrense. Qué Dios nos ampare.
Siempre vivo en Dios
Tercer día en Barranquilla. Seis taxis tomados y cuatro taxistas evangélicos es el saldo inicial. No puedo con ellos. Siento que algo me persigue, no sé quién ni qué quiere, pero está ahí, otra vez. El mismo tonito. La misma radio. Hasta empiezo a soñar con Cristo y todos los productos que te venden por televisión, como el manto sagrado y la rosa bendita. Veo al pastor de la iglesia pidiéndome todos los diezmos que me olvidé de entregar. Me comienza a dar miedo. Quiero ron. Hay tres posibilidades: o hay alguna compañía de taxis evangélica o están mandando a todos los fieles a predicar el evangelio en los taxis o, sí pues, Dios me quiere en sus filas. Pero me resisto. Todavía quiero sentir el pecado, por lo menos un tantito. Eso sí, estoy pensando seriamente no hablar más con los taxistas.
- ¿Hace cuánto es evangélico?
- Más de 15 años.
- ¿Y desde que está en la iglesia ya no participa del carnaval?
- En verdad, nunca me gustó el carnaval. Mucha gente, mucho tumulto, te aprietan, no, eso no es para mí. Nunca lo fue.
Bajé del taxi con la cabeza hinchada de mensajes evangélicos y me acordé de las palabras de mi madre antes de partir a Colombia. Que Dios te bendiga, me repitió dos veces por teléfono. Bueno, gracias a Dios y a mi madre tengo mis ángeles guardianes: los taxistas. Pero trato de ser rebelde, me cuido solo.
Como jugando, encontré al Siempre vivo, un hombre que solía gozar del carnaval y desfilar disfrazado con machetes y cuchillos de papel incrustados en el cuerpo. Recibió a Dios en su corazón y guardó su disfraz ensangrentado. El Siempre vivo cambió, ahora es el Siempre vivo en Dios.
Empezamos a hablar de su vida, del carnaval y desde que lo vi, me di cuenta de que eso le faltaba: carnaval. Empezó desempolvando artículos periodísticos que le hicieron en la última década. Terminó poniéndose nostálgico con cada foto que veía. Los miraba con detenimiento, con la misma pausa con la que habla. No se altera por nada y conversa muy bajito. Su rostro rosado se enrojece. Su mirada es tierna, hasta algo paternal. Pero casi nunca está enfocada, como perdida. Al parecer toda la marihuana y el ron que se metió hasta hace dos años hizo efecto. Y es que también a sus 58 años de vida y casi cinco décadas de tradición carnavalera, cualquier cuerpo tiene que pagar el costo de la diversión carnívora.
De lo que recuerda el Siempre vivo, este es el segundo carnaval en el que no participa. Hoy es curador de obras de arte y enseña en un colegio. Aunque no le creo tanto, dice que no extraña el carnaval. Con su mirada se desmiente.
- Lo malo del carnaval es que la diversión y la libertad se confunde con libertinaje.
- ¿Tanto así?
- Así es, se aprovecha para pecar. Ahora estoy encantado de ir a la iglesia y conocer más de Dios. Lo pasado, pasado está. Tengo que mirar hacia adelante. No pienso más en el carnaval. Si quiero bailar, escucho música evangélica.
Antes de regresarme a Lima lo llamé por teléfono para despedirme. Me cortó rápidamente porque estaba alistando el disfraz de su nieto Andrés para llevarlo al carnaval de los niños. Algo que a él, supuestamente, ya no le gustaba. Cuelgo y, sin darme cuenta, me voy bailando por algo de comer. Si el Siempre vivo no se resiste a la fiesta, por qué tendría que hacerlo yo.
Me estoy pudriendo. Lo único que quiero es tomarme un ron o una cerveza, pero los cristianos están por todos lados y no me dejan. Si quiero tomarme un taxi a las 3 de la mañana para que me lleven a un night club, me recomiendan regresarme al hotel a descansar.
- A un night club o table dance, como le dicen acá, por favor.
- A esta hora ya no hay nada abierto, mejor lo dejo en su casa o en su hotel.
- ¿No hay nada abierto en Barranquilla en medio de carnavales? Lléveme por favor.
- No. Se va a exponer a los peligros, además se nota que ya disfrutó mucho. ¿Dónde queda su hotel?
- (No estaba ebrio, pero apenas la vi, me sentí así. La Biblia estaba ahí, mirándome desde el tablero, y de música de fondo, el tonito que me persigue durante los últimos días. Comprendí que no me iba a llevar y tampoco quería, a estas horas de la madrugada, hablar de religión, así que hice caso). Bueno, vamos al hotel. Carajo, ni mis viejos me joden tanto, murmuré.
El sí de la gente
Cuarto día en Barranquilla. Me levanté muy temprano y subí nuevamente en un taxi rumbo a las Nieves, otro barrio humilde de Barranquilla, para visitar a una amiga que conocí en la guacherna. Era muy extraño, en este carro no sonaba la música cristiana que tanto amaba. No me dio pena, me sentí relajado por primera vez dentro de un taxi barranquillero. La cumbia y el vallenato eran los ritmos preferidos de William, un tipo de 50 años, con el rostro sonriente en todo momento, muy amable. Un Papá Noel sin barba, pero con casi las mismas canas. Desde que trabaja en su auto se lamenta tener que conformarse con mirar cómo los otros se toman toda la cerveza de Barranquilla durante los días de carnaval.
- Los católicos la tenemos más fácil, no nos hacemos problemas y somos menos corruptos. Pecamos y después rezamos, eso es un empate técnico. Ya después nos vamos a penales. Pero eso pasará después, man, no pensamos en eso. Ellos, en cambio, se llevan toda la plata de la gente en el diezmo.
- ¿Y los católicos también son corruptos?
- Claro, pero tenemos licencia para pecar más seguido. Más bacano.
Mientras caminaba por Las Nieves me topé con una parroquia católica. Entré. El cura no estaba y lo único que encontré fue un periódico de la iglesia. Vivamos como hermanos nuestras fiestas del carnaval, era el titular. Buena onda, ahí sabían que nadie puede con el carnaval. Ni el Pavo ni su esposa. Menos el Siempre vivo en Dios, que lleva a su nieto al carnaval. Ni los taxistas que andan reprimidos. Y menos yo, que me encanta el carnaval. Sírvame un poco más de carne y ron. Te lo rogamos Señor.
Amén.
.......
Todo el público postrado a los lados de la avenida los aplaude. Motivado por ello, Gatúbela le roba un beso en la boca a la Mujer maravilla. King Kong coge fuertemente del brazo a una marimonda que camina chueco y amaga vomitar todo lo que tiene dentro. Tres monocucos, los payasos del carnaval, intentan abrir una botella de ron al mismo estilo que los Tres chiflados y uno de ellos, el más ebrio, termina abriéndola con su boca para tragarse la mitad de ella. Los policías, los únicos no disfrazados, intentan poner orden. No pueden y tampoco lo intentan mucho. Nadie les hace caso. Están en medio de la guacherna, el desfile que le pone punto final al pre carnaval de Barranquilla y le da comienzo al carnaval propiamente dicho, en donde se desbordan con mucha facilidad todo tipo de pasiones. Dicen que todo está permitido en estos días: las mujeres se desbandan detrás de máscaras, los hombres enferman sus mentes con o sin máscara, toda la ciudad huele y sabe a alcohol y te regalan condones por todas las calles. Todos lo disfrutan excesivamente, tanto que en noviembre, nueve meses después, se dan los mayores índices de nacimientos de niños en Barranquilla, dando a luz a los llamados Hijos del carnaval. Todos se preparan con varios meses de anticipación para esta festividad que para casi todos los barranquilleros es más importante que la Navidad.
Falsas promesas
Había llegado a Barranquilla para disfrutar, durante cuatro días, de su fiesta; pero mientras iba conociendo más, me involucraba más, sin querer queriendo, en este jolgorio que se reproduce salvajemente en la piel de todo aquel que se diga barranquillero (y de todo aquel que quiera serlo). Sin embargo, en medio de mi éxtasis, me iba cruzando con personas que no me hablaban bien del carnaval. Mis amigos los taxistas evangélicos.
Era mi segundo día en Barranquilla y me iba a Barrio Abajo, uno de los primeros barrios de esta zona del Atlántico y donde se iniciaron los carnavales. Quería conocer las raíces de esta fiesta. Tenía un minuto dentro del taxi y reconocí un tonito, el mismo que escucho en la casa de mis papás cuando los voy a visitar en Lima. Música evangélica.
- ¿Eres evangélico, no?
- Sí.
- ¿Y te gusta el carnaval?
- No, no participo. Ahí está el pecado. No hay control. La gente se droga, se emborracha, las mujeres no ven a sus esposos durante varios días. ¿Eso cómo puede ser diversión?
Una vez que llegué, empecé a caminar y caminar sin rumbo. Había escuchado algunas cosas de este lugar, pero estar ahí es distinto. Las calles están pintadas de amarillo, azul, rojo, rosado y verde; los autos pasan disfrazados con los mismos colores; las mujeres, morenas con el trasero firme y ojos de gato, te miran con deseo; las ancianas te sonríen; y no te hacen sentir en el lugar peligroso que tanto comentan. En la misma zona se encuentra la Casa del carnaval, donde están las oficinas en las que se prepara logísticamente toda la fiesta. En Barrio Abajo finaliza el desfile de los carnavales, la gente baila, se organizan ruedas de cumbia y todas las personas van a terminar como se debe el carnaval.
Me habían hablado mucho del Pavo, uno de los personajes más representativos del carnaval. Que había sido Rey Momo; que le encanta el carnaval; que tiene su comparsa llamada La rebelión de las auténticas marimondas (el único disfraz tradicional de Barranquilla); que había ido a la sede de la Unesco en París, representando a la ciudad, cuando le dieron al carnaval de Barranquilla el título de Patrimonio intangible de la humanidad; y también que él le había prometido a su mujer que dejaría el carnaval después de ser Rey Momo e iría a la iglesia evangélica con ella. Esto último no sucedió. El Pavo se coronó Rey Momo 2008 y en este 2009, dicen, está más enganchado que nunca con el carnaval.
El Pavo no llegaba. Dentro de su casa estaba su rottweiler, que, para colmo, también se llamaba Pavo. El Pavo, aunque su sobrenombre no lo refleje, es uno de los personajes ilustres de Barranquilla. Me lo imaginaba un gordo molesto y quisquilloso, sin embargo, cuando llegó, era todo lo contrario: sonriente y bonachón. Su palabra es la más respetada en Barrio Abajo. Físicamente es una versión caribeña de Homero Simpson. Moreno, de mediana estatura y con una panza llena de arepas y de ron. No debe medir más de 1.70m.; usa un bigote denso; tiene unos ojos saltones, que te comen con la mirada; a diferencia de Homero, tiene pelo: es corto, negro y ondulado; siempre va vestido con un short y camisas floreadas de todos los colores. No tiene dinero y lo que le sobra no es cariño, sino carnaval. Cuando escucha esa palabra, se pone como un niño. Salta, corre, deja todo su dinero, bebe ron, se amanece, llora. Su esposa, dicen, está harta. Es como Marge que adora a Homero pero él siempre termina haciendo lo que le da la gana. Ella es Nubia. Adorable, tranquila, buena, una mujer maternal, de esas que todos los machistas quisieran tener en su casa. No fuma, no toma ni baila pegado. Es evangélica.
Hace 18 años Nubia se enamoró del Pavo. Hace siete, aceptó a Cristo en su corazón. Cuando ella se convirtió al evangelismo pensó que lo convencería de abandonar lo que su iglesia considera sus pasiones pecaminosas y seguir el camino del bien. Lurlini, le hermana del Pavo y creyente de la fe desde hace 15 años, fue la que llevó a Nubia a la iglesia.
- ¿Y el Pavo no se molestó?
- ¡Claro! Nacho se puso como loco cuando se enteró. No le gustó nadita la idea. Dijo que ella no tenía necesidad de ir a la iglesia porque ella es una mujer buena, dedicada, trabajadora. Pero él no comprende. Dios nos da tranquilidad, papi. Pero ninguno de los dos se hace problema. Se toleran y se respetan.
- Él nunca dejará los carnavales…
- Imposible (risas), el Nacho cada vez está más prendido en los carnavales, nos guste o no, papi.
El día está terminando y son las siete de la noche y Nubia le sirve agua helada a unos niños disfrazados de murciélagos que van a seguir ensayando. El Pavo sale totalmente cambiado de marimonda: saco, camisa y pantalón puestos al revés, junto con una máscara en la que resalta una nariz de elefante y unos ojos de huevo frito. Se despide de ella con un beso volado y va corriendo a la calle. Toda hora es carnaval, la fiesta de la carne. Apúrense. Qué Dios nos ampare.
Siempre vivo en Dios
Tercer día en Barranquilla. Seis taxis tomados y cuatro taxistas evangélicos es el saldo inicial. No puedo con ellos. Siento que algo me persigue, no sé quién ni qué quiere, pero está ahí, otra vez. El mismo tonito. La misma radio. Hasta empiezo a soñar con Cristo y todos los productos que te venden por televisión, como el manto sagrado y la rosa bendita. Veo al pastor de la iglesia pidiéndome todos los diezmos que me olvidé de entregar. Me comienza a dar miedo. Quiero ron. Hay tres posibilidades: o hay alguna compañía de taxis evangélica o están mandando a todos los fieles a predicar el evangelio en los taxis o, sí pues, Dios me quiere en sus filas. Pero me resisto. Todavía quiero sentir el pecado, por lo menos un tantito. Eso sí, estoy pensando seriamente no hablar más con los taxistas.
- ¿Hace cuánto es evangélico?
- Más de 15 años.
- ¿Y desde que está en la iglesia ya no participa del carnaval?
- En verdad, nunca me gustó el carnaval. Mucha gente, mucho tumulto, te aprietan, no, eso no es para mí. Nunca lo fue.
Bajé del taxi con la cabeza hinchada de mensajes evangélicos y me acordé de las palabras de mi madre antes de partir a Colombia. Que Dios te bendiga, me repitió dos veces por teléfono. Bueno, gracias a Dios y a mi madre tengo mis ángeles guardianes: los taxistas. Pero trato de ser rebelde, me cuido solo.
Como jugando, encontré al Siempre vivo, un hombre que solía gozar del carnaval y desfilar disfrazado con machetes y cuchillos de papel incrustados en el cuerpo. Recibió a Dios en su corazón y guardó su disfraz ensangrentado. El Siempre vivo cambió, ahora es el Siempre vivo en Dios.
Empezamos a hablar de su vida, del carnaval y desde que lo vi, me di cuenta de que eso le faltaba: carnaval. Empezó desempolvando artículos periodísticos que le hicieron en la última década. Terminó poniéndose nostálgico con cada foto que veía. Los miraba con detenimiento, con la misma pausa con la que habla. No se altera por nada y conversa muy bajito. Su rostro rosado se enrojece. Su mirada es tierna, hasta algo paternal. Pero casi nunca está enfocada, como perdida. Al parecer toda la marihuana y el ron que se metió hasta hace dos años hizo efecto. Y es que también a sus 58 años de vida y casi cinco décadas de tradición carnavalera, cualquier cuerpo tiene que pagar el costo de la diversión carnívora.
De lo que recuerda el Siempre vivo, este es el segundo carnaval en el que no participa. Hoy es curador de obras de arte y enseña en un colegio. Aunque no le creo tanto, dice que no extraña el carnaval. Con su mirada se desmiente.
- Lo malo del carnaval es que la diversión y la libertad se confunde con libertinaje.
- ¿Tanto así?
- Así es, se aprovecha para pecar. Ahora estoy encantado de ir a la iglesia y conocer más de Dios. Lo pasado, pasado está. Tengo que mirar hacia adelante. No pienso más en el carnaval. Si quiero bailar, escucho música evangélica.
Antes de regresarme a Lima lo llamé por teléfono para despedirme. Me cortó rápidamente porque estaba alistando el disfraz de su nieto Andrés para llevarlo al carnaval de los niños. Algo que a él, supuestamente, ya no le gustaba. Cuelgo y, sin darme cuenta, me voy bailando por algo de comer. Si el Siempre vivo no se resiste a la fiesta, por qué tendría que hacerlo yo.
Me estoy pudriendo. Lo único que quiero es tomarme un ron o una cerveza, pero los cristianos están por todos lados y no me dejan. Si quiero tomarme un taxi a las 3 de la mañana para que me lleven a un night club, me recomiendan regresarme al hotel a descansar.
- A un night club o table dance, como le dicen acá, por favor.
- A esta hora ya no hay nada abierto, mejor lo dejo en su casa o en su hotel.
- ¿No hay nada abierto en Barranquilla en medio de carnavales? Lléveme por favor.
- No. Se va a exponer a los peligros, además se nota que ya disfrutó mucho. ¿Dónde queda su hotel?
- (No estaba ebrio, pero apenas la vi, me sentí así. La Biblia estaba ahí, mirándome desde el tablero, y de música de fondo, el tonito que me persigue durante los últimos días. Comprendí que no me iba a llevar y tampoco quería, a estas horas de la madrugada, hablar de religión, así que hice caso). Bueno, vamos al hotel. Carajo, ni mis viejos me joden tanto, murmuré.
El sí de la gente
Cuarto día en Barranquilla. Me levanté muy temprano y subí nuevamente en un taxi rumbo a las Nieves, otro barrio humilde de Barranquilla, para visitar a una amiga que conocí en la guacherna. Era muy extraño, en este carro no sonaba la música cristiana que tanto amaba. No me dio pena, me sentí relajado por primera vez dentro de un taxi barranquillero. La cumbia y el vallenato eran los ritmos preferidos de William, un tipo de 50 años, con el rostro sonriente en todo momento, muy amable. Un Papá Noel sin barba, pero con casi las mismas canas. Desde que trabaja en su auto se lamenta tener que conformarse con mirar cómo los otros se toman toda la cerveza de Barranquilla durante los días de carnaval.
- Los católicos la tenemos más fácil, no nos hacemos problemas y somos menos corruptos. Pecamos y después rezamos, eso es un empate técnico. Ya después nos vamos a penales. Pero eso pasará después, man, no pensamos en eso. Ellos, en cambio, se llevan toda la plata de la gente en el diezmo.
- ¿Y los católicos también son corruptos?
- Claro, pero tenemos licencia para pecar más seguido. Más bacano.
Mientras caminaba por Las Nieves me topé con una parroquia católica. Entré. El cura no estaba y lo único que encontré fue un periódico de la iglesia. Vivamos como hermanos nuestras fiestas del carnaval, era el titular. Buena onda, ahí sabían que nadie puede con el carnaval. Ni el Pavo ni su esposa. Menos el Siempre vivo en Dios, que lleva a su nieto al carnaval. Ni los taxistas que andan reprimidos. Y menos yo, que me encanta el carnaval. Sírvame un poco más de carne y ron. Te lo rogamos Señor.
Amén.
martes 24 de febrero de 2009
Cuando no se entiende nada
La primera vez que la vi, estaba de rodillas. No me pedía perdón ni hacía alguna pirueta, tampoco alguna malcriadez con el cierre de mi pantalón (que no me hubiera negado), ni mucho menos se encontraba haciéndome reverencia. Tan solo compraba sandalias en un puesto de una feria navideña en Surco.
Josefina es francesa. Llegó al Perú para esos muy de moda trabajos de colaboración internacional. Era comunicadora social. Tenía una bonita sonrisa. Pelirroja. Pálida, casi transparente. Nunca me habían gustado las mujeres así, pero con ella fue diferente. Como muchas cosas en la vida, no sé por qué. Giró y preguntó: ¿verde o amarillo? Verde. Contestó un moreno alto y muy flaco. La ayudó a levantarse y le intentó dar un pico en la boca. Ella no quiso. "¿Qué haces acá? Te dije que no te quiero ver más", dijo. No quise escuchar más, así que me fui a seguir buscando mi regalo navideño con lo poco que me quedaba de la gratificación.
Después de dar varias vueltas por los puestos, me la volví a cruzar. Esta vez estaba al final de uno de los pasillos, moviendo la lengua como desquiciada. Arriba, abajo, a los costados. Estaba sola. Tratando que su copa de helado no se le derrita completamente, luchando como una niña de 5 años. Embarrándose toda. No puedo negar que quise ayudarla. Mientras iba acercándome, ella se iba poniendo más roja de la vergüenza. Me puse a su lado. ¿Quieres un poco?, me preguntó con su español masticado. No acepté porque ese placer solo era para ella, no me pertenecía.
Sin que nos hayamos dado cuenta, estábamos conversando y riendo en una de las mesas del Juanito. Un bar barranquino muy cómodo para comer butifarras, tomar pisco y mucha cerveza. Es de esos antiguos, techo alto, muebles viejos y un poco descuidados y espacios un tanto reducidos. A mí siempre me ha gustado, a ella le gustó. No sabíamos que ese bar de buena muerte se convertiría en nuestro escondite por algunas semanas.
El chico de la feria era su ex novio. La seguía y la acosaba. Un limeño pituco. Asiduo de las discotecas de moda. Solo va a comer a restaurantes finos. Maneja un BMW del año, dos puertas, plateado con lunas polarizadas. Veranea en las playas de Asia y sus fines de semana finalizan siempre en el boulevard de Asia. No concibe su vida afuera de su burbuja. Nunca fue sencillo. Nunca le habló a su empleada, más que para pedirle que le suba su desayuno o que le limpie su baño.
Un fin de semana loco decidimos irnos hacia el norte, a Máncora. Queríamos playa. Arranqué el carro y tomamos la carretera Panamericana norte. Caleteando, entrando en casi todas las playas, cantando, disfrutando del paisaje de la vida, de la naturaleza. No llegamos a Máncora, no por mi carro sino por el tiempo. Nos quedamos en Huanchaco, la más famosa bahía de Trujillo. Una playa que podría ser bonita si no fuera porque va mucha gente, mucho vendedor ambulante, mucha suciedad. Sin embargo, nos quedamos. Los primeros días fueron excelentes. Sexo, playa, cerveza, drogas y más sexo y más cerveza. Gracias a nuestro bajo presupuesto, alquilamos un cuarto con una cama matrimonial tan cómoda como una carpa en campamento. No teníamos más. Ahí nos la ingeniábamos para colocarnos en todas las poses posibles. No nos podemos quejar.
La última noche por el norte, me confesó que iba a regresar con su ex. No lo podía creer. Me hizo ir hasta allá solo para decirme eso. ¿Qué quería? ¿Despedir nuestra relación en la playa? Mejor hubiera sido en cualquier parque y nadie se picaba. Una loca. No le pedí explicaciones. No soy el dueño de nadie para hacerlo. Solo giré sobre mi cama y esperé a que amanezca. Salió el sol, hice mis cosas, bajé a pagar la cuenta, regresé a la habitación y le dije que me regresaba ya. Si ella quería se podía quedar. Josefina se paró, agarró su maleta y se vino a Lima conmigo. En todo el camino no hablamos. Ella me pidió disculpas, pero a mí me daba lo mismo. Haz lo que quieras. Regresar con alguien que le sacó la vuelta, que la trató mal, que inclusive era totalmente distinto que él, simplemente, no entendía. Cada cual con su locura. La dejé en su casa y adiós.
Lo que más me fastidiaba era haber conocido a una persona interesante, inteligente y bonita que se dejara pisotear por las personas. Antes ella había tenido una relación igual de tormentosa. Un venezolano, con el que convivió durante tres años en Francia, le sacó la vuelta. No solo una vez, sino todos los fines de semana del año. Ella administraba un bar y en esos días, el ‘veneco’ se aprovechaba y metía niñas a su casa. ¿Cómo se enteró? Él se lo confesó. Y ella, apiadándose de dicho acto de confianza, lo perdonó y mantuvo la relación con él. Cuando me lo contó, yo me indigné. Pero no podía hacer más. Es su vida. Cada uno hace con su cuerpo y mente lo que se le da la gana.
Josefina es francesa. Llegó al Perú para esos muy de moda trabajos de colaboración internacional. Era comunicadora social. Tenía una bonita sonrisa. Pelirroja. Pálida, casi transparente. Nunca me habían gustado las mujeres así, pero con ella fue diferente. Como muchas cosas en la vida, no sé por qué. Giró y preguntó: ¿verde o amarillo? Verde. Contestó un moreno alto y muy flaco. La ayudó a levantarse y le intentó dar un pico en la boca. Ella no quiso. "¿Qué haces acá? Te dije que no te quiero ver más", dijo. No quise escuchar más, así que me fui a seguir buscando mi regalo navideño con lo poco que me quedaba de la gratificación.
Después de dar varias vueltas por los puestos, me la volví a cruzar. Esta vez estaba al final de uno de los pasillos, moviendo la lengua como desquiciada. Arriba, abajo, a los costados. Estaba sola. Tratando que su copa de helado no se le derrita completamente, luchando como una niña de 5 años. Embarrándose toda. No puedo negar que quise ayudarla. Mientras iba acercándome, ella se iba poniendo más roja de la vergüenza. Me puse a su lado. ¿Quieres un poco?, me preguntó con su español masticado. No acepté porque ese placer solo era para ella, no me pertenecía.
Sin que nos hayamos dado cuenta, estábamos conversando y riendo en una de las mesas del Juanito. Un bar barranquino muy cómodo para comer butifarras, tomar pisco y mucha cerveza. Es de esos antiguos, techo alto, muebles viejos y un poco descuidados y espacios un tanto reducidos. A mí siempre me ha gustado, a ella le gustó. No sabíamos que ese bar de buena muerte se convertiría en nuestro escondite por algunas semanas.
El chico de la feria era su ex novio. La seguía y la acosaba. Un limeño pituco. Asiduo de las discotecas de moda. Solo va a comer a restaurantes finos. Maneja un BMW del año, dos puertas, plateado con lunas polarizadas. Veranea en las playas de Asia y sus fines de semana finalizan siempre en el boulevard de Asia. No concibe su vida afuera de su burbuja. Nunca fue sencillo. Nunca le habló a su empleada, más que para pedirle que le suba su desayuno o que le limpie su baño.
Un fin de semana loco decidimos irnos hacia el norte, a Máncora. Queríamos playa. Arranqué el carro y tomamos la carretera Panamericana norte. Caleteando, entrando en casi todas las playas, cantando, disfrutando del paisaje de la vida, de la naturaleza. No llegamos a Máncora, no por mi carro sino por el tiempo. Nos quedamos en Huanchaco, la más famosa bahía de Trujillo. Una playa que podría ser bonita si no fuera porque va mucha gente, mucho vendedor ambulante, mucha suciedad. Sin embargo, nos quedamos. Los primeros días fueron excelentes. Sexo, playa, cerveza, drogas y más sexo y más cerveza. Gracias a nuestro bajo presupuesto, alquilamos un cuarto con una cama matrimonial tan cómoda como una carpa en campamento. No teníamos más. Ahí nos la ingeniábamos para colocarnos en todas las poses posibles. No nos podemos quejar.
La última noche por el norte, me confesó que iba a regresar con su ex. No lo podía creer. Me hizo ir hasta allá solo para decirme eso. ¿Qué quería? ¿Despedir nuestra relación en la playa? Mejor hubiera sido en cualquier parque y nadie se picaba. Una loca. No le pedí explicaciones. No soy el dueño de nadie para hacerlo. Solo giré sobre mi cama y esperé a que amanezca. Salió el sol, hice mis cosas, bajé a pagar la cuenta, regresé a la habitación y le dije que me regresaba ya. Si ella quería se podía quedar. Josefina se paró, agarró su maleta y se vino a Lima conmigo. En todo el camino no hablamos. Ella me pidió disculpas, pero a mí me daba lo mismo. Haz lo que quieras. Regresar con alguien que le sacó la vuelta, que la trató mal, que inclusive era totalmente distinto que él, simplemente, no entendía. Cada cual con su locura. La dejé en su casa y adiós.
Lo que más me fastidiaba era haber conocido a una persona interesante, inteligente y bonita que se dejara pisotear por las personas. Antes ella había tenido una relación igual de tormentosa. Un venezolano, con el que convivió durante tres años en Francia, le sacó la vuelta. No solo una vez, sino todos los fines de semana del año. Ella administraba un bar y en esos días, el ‘veneco’ se aprovechaba y metía niñas a su casa. ¿Cómo se enteró? Él se lo confesó. Y ella, apiadándose de dicho acto de confianza, lo perdonó y mantuvo la relación con él. Cuando me lo contó, yo me indigné. Pero no podía hacer más. Es su vida. Cada uno hace con su cuerpo y mente lo que se le da la gana.
La niña de la bicicleta azul
No sabía nada de ella. Solo me la encontraba en el malecón cuando salía a montar bicicleta o cuando iba al grifo a comprar un paquete de galletas soda como cena. Ella siempre en una bicicleta azul de paseo, esas con canastillas en el timón. Pelo suelto. Bincha en la frente. Sonrisa a medias. Nunca demostraba más. Estuvimos dos semanas intercambiando miradas. Solo eso. Después, no la volví a ver.
Han pasado dos años y he cambiado de departamento. Estoy dentro de una quinta. Con la entrada delgada, con una pileta en medio y varias bancas (las de parque) alrededor. Durante la primera semana, la que dura la emoción de la novedad, me la pasé leyendo en una de las bancas junto a la pileta. Con un vaso de ron en una mano y un cigarro en la otra. Nunca me cruzaba con mucha gente, en realidad, con nadie. Parecía que todo estaba desocupado. Pero siempre veía luces en todas las ventanas.
Un día, mientras trataba desesperadamente que no se me cayera mi helado, la vi pasar otra vez. También era verano. Estaba en la misma bicicleta y llevaba los mismos gestos en el rostro, linda sonrisa. El tiempo no había pasado para ella. No fue por el malecón, fue al lado de la pileta. Se metió justo en la única casita de un solo piso. Intenté hablarle, pero no me salió nada. Entre el cigarro, el ron, el libro, el helado y toda mi emoción por verla, no abrí la boca. Solo la dejé pasar. Curiosamente, de inmediato, después de haber entrado a su casa, salió por la ventana. La misma que yo había estado viendo durante los últimos días. Siempre andaba abierta, sin cortinas. Dentro, todo desordenado. Ceniceros por todos lados. Libros regados en el piso. Cuadros de pinturas abstractas en las paredes. Cama totalmente desatendida. Era de ella.
Yo estaba de vacaciones. Así que tenía mucho tiempo para leer y no hacer nada más. Solo me faltaba dinero para el ron. Me quedaba un concho como para dos vasos. Esa era mi única preocupación.
Era de tarde. Terminaba de almorzar una enchilada de pollo complementada con una cremolada de maracuyá de la Super rueda. Un lujo para mí en éstas épocas. Me mantenía sentado en la misma banca de siempre. Con un cigarro en la mano. Esperando dos cosas. Que la comida baje para ir al baño y que pase esta chica de la bicicleta azul. Ni una ni la otra. Creo que estaba estreñido. Hasta que abrió la reja. Y a mí, me vinieron las ganas de ir al baño. Me paré y me fui. Un problema: me di cuenta que mis llaves se habían quedado dentro de la casa, sobre la mesa. Desde afuera las veía. No había comenzado y ya me sentía cagado.
Me quedó mirando. Me saludó. Y yo, tímidamente, le levanté una ceja indiferentemente, como si no la hubiera estado buscando todo este tiempo. Bajó de su bicicleta y entró a su casa. Entró y a los 5 minutos salió por su ventana. No me quedó otra que pedirle el baño. Le expliqué lo que había pasado. Se rió, linda como siempre, y me abrió la puerta. Se siguió riendo. No me importaba si era de mí. Solo me detuve unos segundos para sentir su olor. Delicioso.
Lamentablemente, eso no ocurrió. Solo lo aluciné mientras buscaba mi llave. Nunca entró, nunca me sonrió. Encontré mi llave: estaba tirada en el piso. Entré a mi casa, hice lo que me apresuraba y regresé a mi lugar. No podía perder de vista esa reja. Durante los siguientes 45 minutos, solo pasó una señora de 60 años con su poodle; el jardinero de la quinta; un paseador de perros; otra anciana (me di cuenta que en la quinta habían muchos adultos mayores); dos niñas con su mamá que venían a visitar a su abuelo; y unos pajaritos que llegaron para gorrearme lo que me quedó de un paquete de galletas que tenía en mi canguro. Cuando empecé a limpiar las sobras de los pájaros, ella entró. Esta vez sí.
No sé por qué nunca puedo hablarle. Las palabras no me salen. Mi atrevimiento fue opacado por mi oculta y, a veces, expresa timidez. Solo me miró y sonrió. Yo también. Hola. Hola. No se acercó, solo se metió a su casa. Yo continué leyendo. Bueno, traté. No pude. Dejé todo en mi casa, arme un cigarro pequeño y salí a caminar por el malecón como en todas las tardes. Al regreso, me volví a sentar en la banca. La ventana seguía abierta. Entre a mi casa, subí al segundo piso, arme otro cigarro y me puse a observar el cielo por mi ventana. Bajo la mirada y ella estaba ahí. Echada en su cama. Desnuda. Boca abajo, con el pelo recogido. Espalda pequeña. Trasero también pequeño pero sutilmente firme. Como el de una niña. Pero más firme. Cada vez me comencé a enfermar más. Quería lanzarme sobre ella y tocarla y besarla y mimarla y hacer todo lo que en este tiempo me había contenido. Pero no podía. Decidí no loquearme más y cerré mi ventana. Me eché en la cama, prendí mi computadora y empecé a escribir. Hojas y hojas, tratando de no loquearme más. Además de estar drogado, estaba excitado. Había prometido no masturbarme más, pero lo hice. Pensando en ella. Proyectándome una noche con ella. Con mucho alcohol y drogas. Terminaríamos ebrios. Acariciándole su delicado cuerpo, su dulce espalda, sus pechos, sus pezones y finalizar en sus muslos, lamiéndola suavemente hasta terminar totalmente mojados, ambos.
Pero bueno, después de terminar mi fantasía, me quedé dormido. Me levanté al día siguiente y ella no había cambiado de posición. Me mostraba su espalda y su ya adorado trasero. Evito mirarla. Pero no puedo. Sigo pegado a la ventana. No me contengo. Y así pasaron varias semanas. Yo desde mi habitación en un segundo piso, pajeándome a doble turno. Ella en su cama, desnuda. Frotándose con su almohada. Amor en silencio. Yo miraba, ella se dejaba mirar. Sentí que lo hacía a propósito. Para alimentar mi morbo y despertar cada poro de mi cuerpo; erizar mi piel y darme más ganas de tenerla entre mis brazos (y mis piernas).
Pasaron cuatro meses y me mudé a un departamento a dos cuadras de ahí. Después de todo, creo que no iba a suceder más. Nunca más la vi. Seguí solo, conviviendo con los cigarros, el ron, la marihuana y las masturbadas. Hasta ahora no la vuelvo a ver. Ni por el malecón ni desnuda en su habitación. Solo en mi imaginación.
Han pasado dos años y he cambiado de departamento. Estoy dentro de una quinta. Con la entrada delgada, con una pileta en medio y varias bancas (las de parque) alrededor. Durante la primera semana, la que dura la emoción de la novedad, me la pasé leyendo en una de las bancas junto a la pileta. Con un vaso de ron en una mano y un cigarro en la otra. Nunca me cruzaba con mucha gente, en realidad, con nadie. Parecía que todo estaba desocupado. Pero siempre veía luces en todas las ventanas.
Un día, mientras trataba desesperadamente que no se me cayera mi helado, la vi pasar otra vez. También era verano. Estaba en la misma bicicleta y llevaba los mismos gestos en el rostro, linda sonrisa. El tiempo no había pasado para ella. No fue por el malecón, fue al lado de la pileta. Se metió justo en la única casita de un solo piso. Intenté hablarle, pero no me salió nada. Entre el cigarro, el ron, el libro, el helado y toda mi emoción por verla, no abrí la boca. Solo la dejé pasar. Curiosamente, de inmediato, después de haber entrado a su casa, salió por la ventana. La misma que yo había estado viendo durante los últimos días. Siempre andaba abierta, sin cortinas. Dentro, todo desordenado. Ceniceros por todos lados. Libros regados en el piso. Cuadros de pinturas abstractas en las paredes. Cama totalmente desatendida. Era de ella.
Yo estaba de vacaciones. Así que tenía mucho tiempo para leer y no hacer nada más. Solo me faltaba dinero para el ron. Me quedaba un concho como para dos vasos. Esa era mi única preocupación.
Era de tarde. Terminaba de almorzar una enchilada de pollo complementada con una cremolada de maracuyá de la Super rueda. Un lujo para mí en éstas épocas. Me mantenía sentado en la misma banca de siempre. Con un cigarro en la mano. Esperando dos cosas. Que la comida baje para ir al baño y que pase esta chica de la bicicleta azul. Ni una ni la otra. Creo que estaba estreñido. Hasta que abrió la reja. Y a mí, me vinieron las ganas de ir al baño. Me paré y me fui. Un problema: me di cuenta que mis llaves se habían quedado dentro de la casa, sobre la mesa. Desde afuera las veía. No había comenzado y ya me sentía cagado.
Me quedó mirando. Me saludó. Y yo, tímidamente, le levanté una ceja indiferentemente, como si no la hubiera estado buscando todo este tiempo. Bajó de su bicicleta y entró a su casa. Entró y a los 5 minutos salió por su ventana. No me quedó otra que pedirle el baño. Le expliqué lo que había pasado. Se rió, linda como siempre, y me abrió la puerta. Se siguió riendo. No me importaba si era de mí. Solo me detuve unos segundos para sentir su olor. Delicioso.
Lamentablemente, eso no ocurrió. Solo lo aluciné mientras buscaba mi llave. Nunca entró, nunca me sonrió. Encontré mi llave: estaba tirada en el piso. Entré a mi casa, hice lo que me apresuraba y regresé a mi lugar. No podía perder de vista esa reja. Durante los siguientes 45 minutos, solo pasó una señora de 60 años con su poodle; el jardinero de la quinta; un paseador de perros; otra anciana (me di cuenta que en la quinta habían muchos adultos mayores); dos niñas con su mamá que venían a visitar a su abuelo; y unos pajaritos que llegaron para gorrearme lo que me quedó de un paquete de galletas que tenía en mi canguro. Cuando empecé a limpiar las sobras de los pájaros, ella entró. Esta vez sí.
No sé por qué nunca puedo hablarle. Las palabras no me salen. Mi atrevimiento fue opacado por mi oculta y, a veces, expresa timidez. Solo me miró y sonrió. Yo también. Hola. Hola. No se acercó, solo se metió a su casa. Yo continué leyendo. Bueno, traté. No pude. Dejé todo en mi casa, arme un cigarro pequeño y salí a caminar por el malecón como en todas las tardes. Al regreso, me volví a sentar en la banca. La ventana seguía abierta. Entre a mi casa, subí al segundo piso, arme otro cigarro y me puse a observar el cielo por mi ventana. Bajo la mirada y ella estaba ahí. Echada en su cama. Desnuda. Boca abajo, con el pelo recogido. Espalda pequeña. Trasero también pequeño pero sutilmente firme. Como el de una niña. Pero más firme. Cada vez me comencé a enfermar más. Quería lanzarme sobre ella y tocarla y besarla y mimarla y hacer todo lo que en este tiempo me había contenido. Pero no podía. Decidí no loquearme más y cerré mi ventana. Me eché en la cama, prendí mi computadora y empecé a escribir. Hojas y hojas, tratando de no loquearme más. Además de estar drogado, estaba excitado. Había prometido no masturbarme más, pero lo hice. Pensando en ella. Proyectándome una noche con ella. Con mucho alcohol y drogas. Terminaríamos ebrios. Acariciándole su delicado cuerpo, su dulce espalda, sus pechos, sus pezones y finalizar en sus muslos, lamiéndola suavemente hasta terminar totalmente mojados, ambos.
Pero bueno, después de terminar mi fantasía, me quedé dormido. Me levanté al día siguiente y ella no había cambiado de posición. Me mostraba su espalda y su ya adorado trasero. Evito mirarla. Pero no puedo. Sigo pegado a la ventana. No me contengo. Y así pasaron varias semanas. Yo desde mi habitación en un segundo piso, pajeándome a doble turno. Ella en su cama, desnuda. Frotándose con su almohada. Amor en silencio. Yo miraba, ella se dejaba mirar. Sentí que lo hacía a propósito. Para alimentar mi morbo y despertar cada poro de mi cuerpo; erizar mi piel y darme más ganas de tenerla entre mis brazos (y mis piernas).
Pasaron cuatro meses y me mudé a un departamento a dos cuadras de ahí. Después de todo, creo que no iba a suceder más. Nunca más la vi. Seguí solo, conviviendo con los cigarros, el ron, la marihuana y las masturbadas. Hasta ahora no la vuelvo a ver. Ni por el malecón ni desnuda en su habitación. Solo en mi imaginación.
lunes 28 de julio de 2008
A la policía se le respeta
Dicen que se le respeta y que son la ley, sin embargo, cada día que pasa me doy cuenta que la vida real te dibuja algo totalmente diferente.
Era viernes y para celebrar el fin de semana, saliendo del trabajo, nos fuimos a tomar unos piscos sour al bar que muchos catalogan como la casa del trago bandera: el Hotel Maury. Está ubicado a dos cuadras de la Plaza Mayor de Lima y fue uno de los hoteles más respetados y lujosos de Lima cuadrada de hace unos 20 o 30 años. Ahí reposa, con todos sus recuerdos, su bar. En donde es imposible no imaginarse puros en las manos, sombreros altos, bastones, smokings y música clásica alrededor. Fácilmente podría oler a naftalina, pero la manera de cómo se renueva su público lo hace rejuvenecer día a día. Acoge comensales de todas las edades. La primera vez que llegué a tomarme un pisco en una de sus mesas, tenía 19 años, y en la última vez que fui, me crucé con señores de 60. Mucha diversidad. Pero bueno, me estoy alejando de mi historia. Divago con facilidad.
Después de tomarnos unos 3 tragos, nos retiramos a nuestros hogares. Esperé a que mis amigos salieran del trabajo y nos fuimos a comer. Chifa eligieron y al Wa Lok de Angamos en Miraflores llegamos. Eran casi las 12 de la noche y nos atiendieron con las justas. Después de comer como cerdos, buscamos unas cervezas. Todo estaba lleno por Miraflores y terminamos en Barranco. En una casa vieja a la que ya había ido antes a tomarme unas cervezas. Esta era su última velada. La iban a derrumbar y era su despedida. Fiesta demolición. Nos prometieron que sería un tono tropical, con chicas selváticas y ritmos como los Mirlos o Juaneko, y no escuchamos nada de eso. Tampoco era que moríamos por esa música, tan solo queríamos algo de movimiento. Tres cervezas entre 6 personas y yo ya estaba muerto de cansancio. Se me cerraban los ojos y decidí irme. Manejé hasta Magdalena para dejar a un amigo y regresé a Miraflores para dormir. Eran las 2 de la mañana y a unas cuadras de mi casa, cuando le colgaba el teléfono a Pia, mi mejor amiga que me llamó para reclamar por mi ingratitud en los últimos días, escucho las sirenas de una camioneta de policía. Deténgase.
Papeles. Ahí está todo. El brevete, la tarjeta de propiedad y el Soat. El Soat lo acabo de comprar (felizmente mi papá se percató cuando le dejé el carro en mi último viaje y me lo compró). ¿Sabía que está prohibido hablar por teléfono mientras maneja? Claro que sí. Era una urgencia. ¿Y ha tomado, no? No. Sople. Ha tomado. Un vaso. Hágame la prueba. Ya. Hagámoslo más rápido, cáete con un sencillo sobrino. No tengo plata (le mostré mi billetera y efectivamente, no había dinero, puras deudas). ¿Y ese billete? En medio de todos mis papeles se escapaba la puntita de 50 pesos argentinos falsos con el que me estafaron cuando viajé a Argentina. Estaba doblado y el policía no titubeó en llevárselo. ¿Cuánto me dan por esto? Son 50 soles jefe. ¿En serio? ¿Tienes más? (miró en mi billetera y jaló dos billetes verdaderos de cinco pesos) Me dio risa su descaro para pedir las cosas y lo angurrienta que suele ser la ley en nuestro país. Se lo dí, me despedí cordialmente y aceleré. Nunca doy dinero, prefiero la papeleta, esta ha sido la segunda vez que hago eso, pero en fin.
¿Está bien que me haya dado risa o me debió dar pena la forma desesperada con la que me rogó por dinero? Ahora ese policía se debe estar mirando al espejo repitiendo: "soy un imbécil". Pues sí, lo eres. Tú y toda tu gente.
Era viernes y para celebrar el fin de semana, saliendo del trabajo, nos fuimos a tomar unos piscos sour al bar que muchos catalogan como la casa del trago bandera: el Hotel Maury. Está ubicado a dos cuadras de la Plaza Mayor de Lima y fue uno de los hoteles más respetados y lujosos de Lima cuadrada de hace unos 20 o 30 años. Ahí reposa, con todos sus recuerdos, su bar. En donde es imposible no imaginarse puros en las manos, sombreros altos, bastones, smokings y música clásica alrededor. Fácilmente podría oler a naftalina, pero la manera de cómo se renueva su público lo hace rejuvenecer día a día. Acoge comensales de todas las edades. La primera vez que llegué a tomarme un pisco en una de sus mesas, tenía 19 años, y en la última vez que fui, me crucé con señores de 60. Mucha diversidad. Pero bueno, me estoy alejando de mi historia. Divago con facilidad.
Después de tomarnos unos 3 tragos, nos retiramos a nuestros hogares. Esperé a que mis amigos salieran del trabajo y nos fuimos a comer. Chifa eligieron y al Wa Lok de Angamos en Miraflores llegamos. Eran casi las 12 de la noche y nos atiendieron con las justas. Después de comer como cerdos, buscamos unas cervezas. Todo estaba lleno por Miraflores y terminamos en Barranco. En una casa vieja a la que ya había ido antes a tomarme unas cervezas. Esta era su última velada. La iban a derrumbar y era su despedida. Fiesta demolición. Nos prometieron que sería un tono tropical, con chicas selváticas y ritmos como los Mirlos o Juaneko, y no escuchamos nada de eso. Tampoco era que moríamos por esa música, tan solo queríamos algo de movimiento. Tres cervezas entre 6 personas y yo ya estaba muerto de cansancio. Se me cerraban los ojos y decidí irme. Manejé hasta Magdalena para dejar a un amigo y regresé a Miraflores para dormir. Eran las 2 de la mañana y a unas cuadras de mi casa, cuando le colgaba el teléfono a Pia, mi mejor amiga que me llamó para reclamar por mi ingratitud en los últimos días, escucho las sirenas de una camioneta de policía. Deténgase.
Papeles. Ahí está todo. El brevete, la tarjeta de propiedad y el Soat. El Soat lo acabo de comprar (felizmente mi papá se percató cuando le dejé el carro en mi último viaje y me lo compró). ¿Sabía que está prohibido hablar por teléfono mientras maneja? Claro que sí. Era una urgencia. ¿Y ha tomado, no? No. Sople. Ha tomado. Un vaso. Hágame la prueba. Ya. Hagámoslo más rápido, cáete con un sencillo sobrino. No tengo plata (le mostré mi billetera y efectivamente, no había dinero, puras deudas). ¿Y ese billete? En medio de todos mis papeles se escapaba la puntita de 50 pesos argentinos falsos con el que me estafaron cuando viajé a Argentina. Estaba doblado y el policía no titubeó en llevárselo. ¿Cuánto me dan por esto? Son 50 soles jefe. ¿En serio? ¿Tienes más? (miró en mi billetera y jaló dos billetes verdaderos de cinco pesos) Me dio risa su descaro para pedir las cosas y lo angurrienta que suele ser la ley en nuestro país. Se lo dí, me despedí cordialmente y aceleré. Nunca doy dinero, prefiero la papeleta, esta ha sido la segunda vez que hago eso, pero en fin.
¿Está bien que me haya dado risa o me debió dar pena la forma desesperada con la que me rogó por dinero? Ahora ese policía se debe estar mirando al espejo repitiendo: "soy un imbécil". Pues sí, lo eres. Tú y toda tu gente.
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