martes, 24 de febrero de 2009

La niña de la bicicleta azul

No sabía nada de ella. Solo me la encontraba en el malecón cuando salía a montar bicicleta o cuando iba al grifo a comprar un paquete de galletas soda como cena. Ella siempre en una bicicleta azul de paseo, esas con canastillas en el timón. Pelo suelto. Bincha en la frente. Sonrisa a medias. Nunca demostraba más. Estuvimos dos semanas intercambiando miradas. Solo eso. Después, no la volví a ver.

Han pasado dos años y he cambiado de departamento. Estoy dentro de una quinta. Con la entrada delgada, con una pileta en medio y varias bancas (las de parque) alrededor. Durante la primera semana, la que dura la emoción de la novedad, me la pasé leyendo en una de las bancas junto a la pileta. Con un vaso de ron en una mano y un cigarro en la otra. Nunca me cruzaba con mucha gente, en realidad, con nadie. Parecía que todo estaba desocupado. Pero siempre veía luces en todas las ventanas.

Un día, mientras trataba desesperadamente que no se me cayera mi helado, la vi pasar otra vez. También era verano. Estaba en la misma bicicleta y llevaba los mismos gestos en el rostro, linda sonrisa. El tiempo no había pasado para ella. No fue por el malecón, fue al lado de la pileta. Se metió justo en la única casita de un solo piso. Intenté hablarle, pero no me salió nada. Entre el cigarro, el ron, el libro, el helado y toda mi emoción por verla, no abrí la boca. Solo la dejé pasar. Curiosamente, de inmediato, después de haber entrado a su casa, salió por la ventana. La misma que yo había estado viendo durante los últimos días. Siempre andaba abierta, sin cortinas. Dentro, todo desordenado. Ceniceros por todos lados. Libros regados en el piso. Cuadros de pinturas abstractas en las paredes. Cama totalmente desatendida. Era de ella.
Yo estaba de vacaciones. Así que tenía mucho tiempo para leer y no hacer nada más. Solo me faltaba dinero para el ron. Me quedaba un concho como para dos vasos. Esa era mi única preocupación.

Era de tarde. Terminaba de almorzar una enchilada de pollo complementada con una cremolada de maracuyá de la Super rueda. Un lujo para mí en éstas épocas. Me mantenía sentado en la misma banca de siempre. Con un cigarro en la mano. Esperando dos cosas. Que la comida baje para ir al baño y que pase esta chica de la bicicleta azul. Ni una ni la otra. Creo que estaba estreñido. Hasta que abrió la reja. Y a mí, me vinieron las ganas de ir al baño. Me paré y me fui. Un problema: me di cuenta que mis llaves se habían quedado dentro de la casa, sobre la mesa. Desde afuera las veía. No había comenzado y ya me sentía cagado.

Me quedó mirando. Me saludó. Y yo, tímidamente, le levanté una ceja indiferentemente, como si no la hubiera estado buscando todo este tiempo. Bajó de su bicicleta y entró a su casa. Entró y a los 5 minutos salió por su ventana. No me quedó otra que pedirle el baño. Le expliqué lo que había pasado. Se rió, linda como siempre, y me abrió la puerta. Se siguió riendo. No me importaba si era de mí. Solo me detuve unos segundos para sentir su olor. Delicioso.

Lamentablemente, eso no ocurrió. Solo lo aluciné mientras buscaba mi llave. Nunca entró, nunca me sonrió. Encontré mi llave: estaba tirada en el piso. Entré a mi casa, hice lo que me apresuraba y regresé a mi lugar. No podía perder de vista esa reja. Durante los siguientes 45 minutos, solo pasó una señora de 60 años con su poodle; el jardinero de la quinta; un paseador de perros; otra anciana (me di cuenta que en la quinta habían muchos adultos mayores); dos niñas con su mamá que venían a visitar a su abuelo; y unos pajaritos que llegaron para gorrearme lo que me quedó de un paquete de galletas que tenía en mi canguro. Cuando empecé a limpiar las sobras de los pájaros, ella entró. Esta vez sí.

No sé por qué nunca puedo hablarle. Las palabras no me salen. Mi atrevimiento fue opacado por mi oculta y, a veces, expresa timidez. Solo me miró y sonrió. Yo también. Hola. Hola. No se acercó, solo se metió a su casa. Yo continué leyendo. Bueno, traté. No pude. Dejé todo en mi casa, arme un cigarro pequeño y salí a caminar por el malecón como en todas las tardes. Al regreso, me volví a sentar en la banca. La ventana seguía abierta. Entre a mi casa, subí al segundo piso, arme otro cigarro y me puse a observar el cielo por mi ventana. Bajo la mirada y ella estaba ahí. Echada en su cama. Desnuda. Boca abajo, con el pelo recogido. Espalda pequeña. Trasero también pequeño pero sutilmente firme. Como el de una niña. Pero más firme. Cada vez me comencé a enfermar más. Quería lanzarme sobre ella y tocarla y besarla y mimarla y hacer todo lo que en este tiempo me había contenido. Pero no podía. Decidí no loquearme más y cerré mi ventana. Me eché en la cama, prendí mi computadora y empecé a escribir. Hojas y hojas, tratando de no loquearme más. Además de estar drogado, estaba excitado. Había prometido no masturbarme más, pero lo hice. Pensando en ella. Proyectándome una noche con ella. Con mucho alcohol y drogas. Terminaríamos ebrios. Acariciándole su delicado cuerpo, su dulce espalda, sus pechos, sus pezones y finalizar en sus muslos, lamiéndola suavemente hasta terminar totalmente mojados, ambos.

Pero bueno, después de terminar mi fantasía, me quedé dormido. Me levanté al día siguiente y ella no había cambiado de posición. Me mostraba su espalda y su ya adorado trasero. Evito mirarla. Pero no puedo. Sigo pegado a la ventana. No me contengo. Y así pasaron varias semanas. Yo desde mi habitación en un segundo piso, pajeándome a doble turno. Ella en su cama, desnuda. Frotándose con su almohada. Amor en silencio. Yo miraba, ella se dejaba mirar. Sentí que lo hacía a propósito. Para alimentar mi morbo y despertar cada poro de mi cuerpo; erizar mi piel y darme más ganas de tenerla entre mis brazos (y mis piernas).

Pasaron cuatro meses y me mudé a un departamento a dos cuadras de ahí. Después de todo, creo que no iba a suceder más. Nunca más la vi. Seguí solo, conviviendo con los cigarros, el ron, la marihuana y las masturbadas. Hasta ahora no la vuelvo a ver. Ni por el malecón ni desnuda en su habitación. Solo en mi imaginación.

No hay comentarios: