martes, 16 de febrero de 2010

Puntos de más

Odio San Valentín. Odio porque en todos lados te quieren vender diferentes cosas para que le lleves a tu pareja. Todos regalos ordinarios y comunes que suelen darse los enamorados sin gracia ni apetito. Chocolates, ropa, perfumes, flores, cenas en restaurantes y cosas materiales que le quitan emoción a cualquier relación. Y, aunque no lo crean, existen mujeres y hombres que gustan de esas costumbres. De ellos vive este mercado consumista. Lo odio porque durante las semanas previas todo es rojo o rosado y empiezan a bombardearte el buzón del correo (electrónico y postal) con cientos de ofertas que no estoy dispuesto a pagar. Nunca en mi vida festejé este día. Todo está lleno, todo el mundo se acuerda de su pareja en ese día, como si todas las semanas que pasas al lado de alguien que quieres no fueran especiales. Lo mismo que pasa con el Día de la Madre o el Padre. Todos se esmeran durante ese domingo, a las mamás les regalan electrodomésticos y a los papás corbatas, y no se acuerdan de ellos durante el resto del año. Me desespera San Valentín porque muchos en el Messenger colocan mensajes amorosos dirigidos a sus parejas. ¿Acaso eso no es algo íntimo? “Eres el amor de mi vida”, puso una incauta. Otros en el Facebook se desviven por querer demostrar que viven un sueño de Hadas con sus parejas. Cuelgan fotos besándose, un poco más y publican fotos teniendo sexo, se juran amor eterno y se responden por medio de los comentarios de las fotos. ¿Acaso eso no se lo pueden decir en persona? ¿No es un poco ridículo estar ventilando a dónde fueron ese día o a dónde van a ir? ¿A quién le importa? Bueno, ya cada uno con su tema. Y bueno, este 2010, en Londres, no fue la excepción. No festejé. Tampoco tenía con quién. Pero tuve a mis amigos al lado. La pasamos bien, pero a pesar de eso, lo sigo odiando. Lo odio y, en venganza, esa noche me dejó una marca que difícilmente se borrará del todo.

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Eran las 2 de la mañana, me imagino. Salíamos de un bar en Notting Hill (sí, el barrio de la película) y decidimos ir a sacar un vino y un whisky de la casa de Sergio. Él vive en una residencia de estudiantes. Una sofisticada que más parece un hotel, puertas dorado brillante y piso de mármol, con un recepcionista que te mira con mala gana y te pregunta en todo momento a dónde vas. Bajó y nos fuimos directo al parque. Dicen que los peruanos tomamos de pie y es verdad, buscábamos un parque para tomar de pie. Y nos fuimos al más grande. Al Hyde Park. Estaba con Sergio y Marco (un peruano-alemán que recién conocí y que pudo habernos malogrado la noche con sus arranques violentos queriéndose pelear con todo el mundo que pasaba a nuestro lado o lanzando las botellas de vidrio a la pista). Pero bueno, llegamos al parque y estaba cerrado. Todos los parques los cierran en las noches. Y no se le ocurrió mejor idea a Marco que trepar. Él estaba acelerado. Pidiendo coca a todos. Queriéndose parchar. Yo no consumo esas cosas y Sergio tampoco, así que no lo podíamos ayudar con ese tema. Entonces este audaz conocido decidió saltar la valla de seguridad del parque. Sergio lo siguió. Yo prefería no entrar, pero me ganaron, dos contra uno. Y salté, resbalé y caí. Quise hacerlo rápido, como cuando tenía 15 años y todo era fácil. Pues han pasado 12 años y mi cuerpo, aunque estoy llegando al peso de ese entonces, está un poco oxidado. Me fui de costado. Tengo raspado todo el brazo derecho, la nalga derecha no me permitió moverme con normalidad en las siguientes horas por el dolor y mi cabeza se dio contra el pavimento y terminó con un corte que le correspondió 4 puntos de cocida. Apenas me levanté, no me había dado cuenta de la gravedad del asunto. Me limpié el polvo y fui a buscar la botella. Sergio me miró con cara extraña. Sentí mi rostro frío, un poco húmedo, puse mi mano a la altura del ojo derecho y se empapó de sangre. Estaba mojadito. Salimos rápidamente del parque y tomamos el primer taxi que vimos. Primera vez que subo a un taxi en Londres y fue en pésimas condiciones. Nos llevó al hospital.

Llegamos. La sangre había dejado de salir y, después de dejar los datos en la recepción, procedí a sentarme en la sala y esperar. Habremos esperado dos horas hasta que me atendieran. Mientras tanto, mis compañeros seguían bebiendo en la sala de espera del hospital en vasos descartables. Yo paseaba por todas las salas del hospital, jugando a encontrarme con una linda enfermera que me atendiera. Las seguía a todas. Ellas se reían, me hablaban y, extrañamente, nunca me echaron de las salas de atención. Miraba a los demás pacientes y conversábamos. Algunas enfermeras se me acercaban y me invitaban un poco de agua. Una, rubia alta, ojos celestes, delgadita, de unos 30 años, con una sonrisa maternal y uniforme azul oscuro, me empezó a hacer muchas preguntas (como de dónde soy, si tengo novia, si me gusta Londres, qué hago en esta ciudad), me hizo bromas acerca de mi cabeza y en todo momento me trató con extremo cariño. A pesar de la herida, que todavía seguía latiendo, estaba feliz, hasta que vino un enfermero moreno y grandulón que me sacó de la sala. A esperar afuera, me dijo con mucho respeto pero algo de rudeza. Pues salí y mis compañeros de juerga seguían tomando en la sala de espera. Nadie nos decía mucho. Ellos tomaban con tranquilidad y al parecer a todos les parecía normal. Hasta que me llamaron. Salió el moreno grandulón que me echó minutos atrás.

Entré a la pequeña sala de servicios ambulatorios para que me cocieran. Sergio entró conmigo y el enfermero. Los tres conversábamos, hacíamos bromas y Sergio me traducía todo lo que me decía el moreno. Sergio, sí le entiendo, no te preocupes, gracias. El moreno reía. Y Sergio seguía ahí, haciéndome compañía, pegadazo viendo cómo me iban cerrando la pequeña herida. Bueno, a coser. No sentía nada. Y sin anestesia. Cerré los ojos, me relajé y esperé a que terminara. Me quedé dormido y me despertó el enfermero. Listo, te puedes ir.

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Al día siguiente hice mi mudanza. Me fui a la casa de Rodrigo, un amigo peruano que me ofreció vivir con él mientras tanto. Desperté, cargué mis cosas y salí rumbo a mi nuevo hogar por las siguientes semanas. Se me hizo muy difícil cargar con todo. Llevaba una mochila gigante sobre la espalda, otra mochila para llevar la Laptop en el pecho, un taper grande como para guardar la ropa en el brazo derecho y, en el izquierdo, una carretilla, de esas para hacer el mercado, que jalaba como podía. Todo lo que tenía estaba repleto de cosas. La mochila del pecho se me chorreaba para adelante, el taper me torcía el brazo y la carretilla se me caía cada 20 metros. Caminaba pensando en llegar a la estación del metro. Cuando llegué e iba bajando, como podía, las escaleras mojadas por la lluvia, resbalé y mi trasero fue rebotando por todas las gradas al igual que mis cosas. Una chica que tenía al frente me miraba asustada, tapándose la boca, al notar también el corte en mi frente y lo aparatoso de la caída. Uno de los trabajadores de la estación salió y me ofreció ayuda. No te preocupes, todo está bien, gracias, lo despaché. No quería ayuda, atiné a matarme de risa, recoger mis cosas y seguir mi camino, bueno, sí, después de sobarme por unos minutos el trasero.

Cuando alguien me mira en la calle, me mira la frente. Cuando voy a comprar algo a una tienda, me miran la frente. Cuando voy a mis clases, me miran la frente. Cuando voy en el metro, me miran la frente. Ya nadie me mira a los ojos. Todos me ven con susto, en especial las mujeres y los niños. Nunca me he sentido tan observado en Londres, una ciudad en donde nadie se percata del otro. Sin embargo, días después, ya no me duele, pero me pica y me arde. Quiero que se vaya, no verla más, no sentirla ni tener necesidad de verla para saber cómo está. Quiero rascarla, pero no puedo, tengo miedo que se abra. Pero mejor no la toco, como me decía mi madre cuando me curaba todas las heridas que me hacía de niño: hay que dejar que las heridas cierren bien, porque después se infectan y demoran en cicatrizar. Como algunas otras que quedan marcadas, innecesariamente, por mucho tiempo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Tarde de Play

¿Alguna vez te han cogoteado? ¿No primo, no? ¿Pero sabes lo que es? Cuando te cogen por atrás, te chapan el cuello y te presionan hasta desmayarte. Pues yo cogoteaba en la Plaza San Martín, ahí pues, donde están los chibolos que se los levantan los cabros de mierda. ¿Conoces, no? Puta que en mi época yo mandaba ahí con mis causas. Era chibolo, pero siempre fui grandazo, así que me tenían respeto. Cagué a varios pero una vez me pasé primo. Ahí creo que la cagué.

Cuando Mirko conversa no para, se pregunta y se contesta él solo. Hace muecas. Mueve todo su cuerpo al compás de su boca. Sus largos pelos rastas, que lo hacen creerse Sansón, giran y rebotan en su cabezota encargada de administrar 140 kilos de humanidad repartidos en casi dos metros de largo. Se jala los mocos, escupe al piso, tose al aire. Se arremanga el polo, dejando ver el inmenso tatuaje de trivales y personajes raros que tiene en todo el brazo derecho, desde el hombro hasta las muñecas. Se prende un huiro para embalarse y jugar Play Station. Dice que me va a ganar y me recuerda los últimos partidos que jugamos la semana anterior con una emoción infantil. Cinco, cero. Cinco, cero. Así te voy a hacer cuando te salude, me dice con una sonrisa pendenciera. Levanta su mano derecha, abre su gigante palma y la mueve de adelante para atrás, de arriba hacia abajo. Haciendo notar claramente los cinco goles que me metió la última vez cuando yo ya me estaba quedando dormido. No para de hablar. Cuando voy a su casa a jugar, tan solo lo escucho, haciendo a veces de moderador de su monólogo. Dándole las pautas de lo que me interesa saber.

¿Unas chelas?, le pregunto a mi anfitrión. Él nunca dice no. Y yo, como buena visita, saqué las chelas de la refri. Mirko tomó la lata de Stella Artois, la abrió con un solo dedo, se la puso en la boca y dejó caer la mitad de la lata de medio litro dentro de su garganta, como si fuera un embudo. Terminó con un grito de placer, eruptó, pidió disculpas (yo no sé ya para qué pide disculpas si lo hace siempre) y cogió su control del Play Station. Lo miré, sonreí y pensé en voz alta. Cómo me gustaría embriagarme un día de estos, acá nunca lo he hecho así furibundamente, aunque ya no sé en realidad si me guste tanto hacerlo, pero una vez en Londres no haría daño. ¿O no? Él me miró y lanzó otro erupto, uno de los más consistentes de la mañana, que se estampó en mi cara junto con el placentero olor a leche y pan con huevo de su desayuno y me dijo: pocas veces en mi vida he estado borracho. (Qué pasaría si se emborrachara más seguido, qué tales eruptos carajo, son tan fuertes que marean) Como en todos lados me querían sacar la mierda, si estaba borracho no la hacía. Me sacaban la mierda. Siempre he parado en la calle, desde chibolo, he vendido lapiceros, tarjadores, linternas, encendedores, de todo lo que te puedas imaginar en los micros en la avenida Abancay. Así que siempre supe cómo cuidarme. Me drogaba, harta pasta, crack, combinado, ganya, terocal, ácidos, qué no me he metido. Me he metido de todo y también he parado mucho en centros de rehabilitación.

Pero retomando, ¿no te había contado que una vez maté a un tombo? No, le respondí y me acomodé en el sillón para escuchar atentamente uno de sus relatos, los que suele contar con mucha emoción. Prendió otro huiro y mientras aguantaba el humo en sus pulmones, se puso a hablar como ahogado. Estaba pasando cerca al Bolivar, eran las 7 de la noche y mi causa Pepín había cerrado a un cabro que había ido a levantarse chibolos. Lo tenía ahí, contra la pared, entonces yo pasé y le silbé para ver si necesitaba ayuda, me hizo una mueca y de frente, sin roches, pum, al cuello, pa, como debe ser. Pero se puso bravo el compare y empezamos a hacer fuerza. Yo siempre fui grandazo primo, así que no me iba a cagar. Se me iba para adelante, para atrás y se puso medio jodida la cosa, así que lo apreté más fuerte. Lo dormí. Le abrimos su billetera y vimos la placa de tombo. La cagada, robamos y nos fuimos corriendo. A los 20 metros giré para ver si se había despertado, pero nada, seguía tirado, no despertaba. Tú sabes primo que cuando te duermen quitándote el aire tienes 20 segundos para despertar, si no lo has hecho, estás cagado. Si no sabes cogotear bien, se te puede pasar la mano, como a mí esa vez, y cagar a alguien. El huevón nunca más lo vi levantarse. Corrí un poco más, volví a girar, seguí corriendo, volví a girar, hasta que empecé a correr más hasta perderlo de vista. Nunca despertó. Por lo menos yo no lo vi pararse.

- - ¿Cuántos años tenías?
- 17.

Cuando era chibolo la he cagado muchas veces. Me mechaba y no me importaba mucho a quién tenía enfrente, pero una vez un tío me dijo: “oe comparito, ten cuidado, porque desde que los fierros se inventaron, las fuerzas se igualaron”. Me cagó. Puta primo, yo cuando vaya a Lima tengo que estar bien atento, no puedo ir por cualquier lugar, porque sé que me están buscando, en Chorrillos, en Barrios Altos, en Maranga, en Barranco. Me quieren dar vuelta. Y todo por flacas. Las flaquitas me buscaban y yo nunca aflojaba. Y algunas de estas tenían macho. A uno le saqué la entreputa en el Dragón. Le saqué la conchadesumadre, pero la conchadesumadre. Se ríe. Lo cogí desprevenido, con una banca, pero todo vale pues. Ese huevón, a la semana siguiente, me siguió con fierro primo por todo Chorrillos. La gente me saca al toque, yo no paso desapercibido en ningún lugar, mi pelo, mi cuerpo, mi voz.

Le metí el primer gol. Me agarraste desprevenido, yo que te estoy contando mis historias y tu causa te me aprovechas. Ya fuiste. Zlatan (Ibrahimovic) te hará parir. ¿Y nunca has matado a nadie más? ¿Cómo sabes que está muerto?, le pregunto curioseando, como quien no quiere la cosa, acerca del supuesto policía. Yo creo que está muerto, he visto muchas cosas de esas y años después me detuvieron porque estaban buscando a un sospechoso de homicidio con mis características, al final safé rápido, tuve suerte. Pero después de él, no primo, creo que no he matado a nadie más, le he sacado la mierda a gente, con piedra, cuchillo, con sillas. Compare, cuando tú te mechas, vale todo. Eso de caballeritos para los cabritos. Coge lo primero que veas y tíraselo en la cabeza. Que yo sepa no he matado a nadie más, pero no me sorprendería que alguno haya pasado a la otra. Si te contara todo lo que he pasado, tendría para hacer un libro. ¿Qué te parece si yo te cuento y tú lo escribes? Ahí está. Tú puedes hacer mis memorias y nos hacemos millonarios. Desde que lo conocí, limpiando baños en la madrugada, al igual que yo, me dice para que escriba sus historias. Siempre me río y siempre le digo que con un libro es poco probable que nos hagamos millonarios. Pero él insiste obsesivamente, sin hacerse el macho como cuando golpea, sino el niño como cuando juega.

viernes, 5 de febrero de 2010

No more food

Después de haber dado una de mis tantas clásicas y muy oportunas vueltas al parque como preámbulo de meditación antes de ir a algún lugar, decidí ir a la escuela de inglés. Una hora de camino hasta ese fucking local. Salí camino al tubo. Tuve que cruzar todo el parque, pasar por canchas de tenis, resbaladeras, columpios, sube y bajas, canchas de fútbol 8 de cemento y canchas de básquet, una biblioteca. Y a la altura de la biblioteca, me crucé con una japonesita con lentes grandotes medio polarizados, chullo, orejeras, toda cubierta de negro, dándole de comer a unas palomas y ardillas. Qué linda esta japonesita, pensé, dándole de comer a los animalitos. Pero mientras más me iba acercando a esa tierna imagen, iban llegando más ardillas, más palomas y con las palomas, llegaron cientos de palomas que empezaron a atacarme porque yo estaba al lado de la comida, empezaron a llegar una cantidad inaguantable de palomas. Lluvia de palomas. Evité a dos que iban directamente a mis rodillas. Una que rozó mi morral. Me imagino que el que estuvo viendo esa situación se debe de haber estado cagando de risa. Otra paloma me quiso hacer un tercer ojo. Me empecé a impacientar, por donde iba veía más pájaros. ‘Hey girl, no more food’, ella recién se percató de la cantidad de pájaros que tenía encima y que se le venían, se había quedado pegada echando pan al suelo. Me miró de reojo, tiró la bolsa de pan al suelo desperdigándose para regocijo de los plumíferos, y salió disparada fuera del parque, como asustada, pero los pájaros seguían llegando y también empecé a correr, evitando que me caiga algún pájaro perdido.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Única conexión


En mi último día en Lima. Ayudándome a empacar.


“La vida está en todas partes, la vida está en nosotros mismos y no fuera de nosotros. Junto a mí siempre habrá seres humanos, y seguir siendo hombre entre los hombres y seguir siéndolo siempre, sin envilecerse por ninguna desgracia o perder el ánimo, es en lo que consiste la vida, es su obligación. He tomado conciencia ahora de ello. Esta idea ha penetrado en mi carne y en mi sangre”.
- Fiodor Dostoiesky -


Después de 3 años viviendo solo, regresé a vivir con mis papás durante un par de meses, tiempo suficiente para subir cuatro kilos y compartir tiempo juntos antes de mi viaje hacia Londres. Cuando me fui, en la familia éramos 4 y aún quedaba mi hermana en casa. Cuando regresé, ella ya se había ido, tenía su propia casa junto con su esposo y el engreído de la familia entera: Santiago; es decir sumamos dos más: 6. Pero este nuevo pequeño compañero sonriente y rico totalmente apetecible como para morderlo todito vivía prácticamente con mi mamá de lunes a viernes (me refiero a Santiago, no a mi cuñado, él no está apetecible). Mi hermana lo deja todas las mañanas. A las 8. Y lo recoge todas las noches. A las 8. La casa era otra. Llena de juguetes, con mesa para el bebé, con coche para el bebé, con una bañera especial para el bebé, con pañales (definitivamente para el bebé), biberones. Mi mamá, antes de que nazca Santiago, tenía su casa lista para recibirlo. Inclusive estaba más lista que mi hermana y Christian, mi cuñado.
Entonces, cuando regresé a casa a vivir, la atención de todos era hacia Santiago o Ajunchey, su nombre en chino y que mi mamá adoraba mencionar. Me encantaba ver a mi mamá recontra feliz con su primer nieto, me gusta que se comprendan a la perfección. Trata de entretenerlo lo más posible. Le silba cuando le da el biberón y le repite infinitas veces Ajunchey, con un tonito que la verdad al inicio no me agradaba mucho, pero que al final logré querer y comprender. Las muestras de amor deben ser libres. Le cuenta hasta 3 como para que arranque esa carrera a veces vertiginosa y otras paciente del biberón. ¡Se toma 5 biberones diarios! Le dice todo el día que es lindo y suele recordarle a todo el mundo lo parecido que es a mi papá. “Oh las orejas del abuelo”. Ella es la más emocionada. Aunque mi papá, seco como un chino tradicional pero tan bueno como él solo, tampoco puede ocultar el brillo de sus ojos cuando lo mira y lo carga.
Mi mamá, hasta para pedirle el ‘chanchito’, lo hace gracioso. Su propósito es mantenerlo feliz todo el día. Y lo logra en cada instante. Le hace reír, le cuenta chistes, le silba, lo mueve, lohace domir, le da de comer, todo con una vitalidad que una madre muchas veces no tiene. “A esta hora (5:15 pm) se pone como loquito”, me dice. Lo conoce. Y él también a ella. Lo deja un rato. Él aguanta. Pasan 30 segundos, no aguanta más. Llora. Ella voltea y va a socorrerlo.
- ¿Oye a ti te deberían pagar?
- Ella solo ríe y va por él. Feliz.
En las mañanas, cuando salía de mi cuarto e iba a la cocina por algo de tomar, nos quedábamos mirándonos, ninguno decía palabra alguna o sonido alguno, como tanteando quién haría la primera risotada para que empiece el primer juego del día. A veces él me miraba, se retorcía de la risa y pedía ser cargado. Sin embargo, en medio de los juegos, la buscaba, se volteaba, miraba de reojo para sentirse seguro de tenerla cerca y si la encontraba, la hacía partícipe de la risa. “Putttt”, me hacía con la boca, me siento orgulloso, eso yo se lo enseñé.

Mi mamá le huele el potito cuando parece que se ha hecho la caquita. “Pu-put (imitando el sonido del pedo)”, “chow-chow (huele feo en chino)”, así le dice cuando ella cree que se ha hecho. Él parece entender, porque se echa, levanta las esas piernecitas blancas y regordetas, y se deja limpiar todito, sin alguna molestia.
Le hace de todo para que él la pase bien. Como pintarse una carita feliz en la palma de la mano o decirle cada 3 minutos: Ajunchey, acompañado de saltos, risas y los gestos indicados para hacerlo reír como nadie puede hacerlo. Ella se va, él se mueve, patalea (porque ya quiere caminar) y ella regresa. Mi mamá le hace muecas desde la cocina y él, echado en el coche, le responde, le juega, se ríe. Cada día me sorprende más esta relación. Se aman con pasión y locura. Ella le sigue haciendo muecas desde la cocina y él se revuelca con una risa que parece tos.
Por momentos Santiago me miraba, se reía, pero no tanto como con ella, porque con ella salta, mueve todo ese cuerpecito, patea de felicidad. Y a mí solo me quedaba decirle: “Pufff”, “Brrrr” o “Aeaea”, sacarle la lengua y hacer mi mejor esfuerzo hasta terminar con el polo mojado y con los brazos acalambrados. Mientras que mi madre, su abuela, con su solo guiño es capaz de robarle una preciosa sonrisa para la foto, esas que miro cada cierto tiempo para yo también reír.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Adoración metálica


Sería terrible quedarnos sin estas maravillas. Foto: Jack Lo

Cada semana que pasa vemos con buenos ojos la llegada de mayor inversión extranjera al Perú. Lo aplaudimos. Nos están vendiendo el cuento de que somos la macroeconomía más estable de Sudamérica y eso nos convierte en los más rentables desde cualquier punto de vista. Sin embargo, así como la economía mejora y andamos en azul sin sufrir tanto como los países vecinos, nuestro país está contaminándose cada vez más. La minería, una de nuestras principales formas de ingreso, nos está destrozando y contaminando, legalmente, el tuétano. Está rompiendo con la naturaleza, está cambiando ecosistemas, formas de vida, está influyendo directamente en la salud de los pobladores manipulados por su ignorancia, a fin de cuentas los y nos están matando.

El año pasado en Huaraz cuando hacía una caminata por la zona me señalaron un cerro que parecía haber sido trasquilado, pero no parecía, había sido trasquilado. Era la mina Pierina, manejada por la minera Barrick Gold Corporation. Una compañía que se jacta de haber contado desde sus inicios con un plan ambiental para no perjudicar al medio ambiente, que se le hincha el pecho cuando dice que el 98% de sus trabajadores son peruanos, que tiene todo contralado para reducir el impacto ambiental, que tiene un plan de crianza de alpacas, que capacita a las comunidades y demás cosas que contribuye con el desarrollo de los más necesitados. Sin embargo, este cerro en el que se ubica la mina ha sido trasquilado: 300 metros de alto y 5 kilómetros de ancho. El cerro ya no existe. Un barbaridad. La gente del pueblo me decía que habían prometido regresar todo como estaba después de terminar de explotar la mina. Pero mientras tanto, el ecosistema cambió. Entran más vientos, hay especies que ya no bajan por la zona, las plantas cambiaron de color. ¿Y eso cómo lo van a cambiar? Es imposible, ya se dañó todo. Cuando terminen de explotar la tierra, se irán, taparán todo y ahí quedará. Esta gente sin dinero (porque no habrá una mina que les pare la olla) y abandonados, se encontrarán en una tierra que no será la misma de hace 20 años, en la que no sabrán qué hacer.

En otro viaje a Huaraz, en otra caminata, conocí a un trabajador de una mina, que me confesó trabajar ahí solo por dinero (por las gigantescas utilidades que reciben trimensualmente), porque profesional y personalmente lo hacían caer cada vez más bajo: lo mandaban a engañar a los pobladores, a hacerlos sentir los culpables de todo y que la mina era la salvadora y que tenían que rendirles culto. Mientras que la mina hacía lo que quería. También ayudaba, construía carreteras, colegios, daba dinero para el hospital, reconstruía la plaza, les pagaba un jornal que superaba largamente el dinero que sacaban en la chacra, volviendo más vagos a los huaracinos que no saben que en unos años, cuando esta minera se vaya, todo volverá a estar en peores condiciones que antes, ya que no habrá nadie quien los ampare, ni el gobierno (que ha demostrado no preocuparse por el verdadero pueblo) ni la mina, que los mirará tan solo de lejos. Y una anécdota: este personaje había conseguido una moto nueva. ¿En dónde la encontró?Estaba siendo enterrada junto con decenas de autos y otros aparatos. Así se deshace la mina de los instrumentos de trabajo. ¿Sorprende? No y nadie dice nada.

Por eso, cada vez que leo en las noticias sobre nuevas inversiones mineras en nuestro país, me da miedo. Estamos destruyendo nuestra tierra, la que nos va a dar de comer y la misma que supuestamente será el futuro del planeta. A continuación unas cuantas noticias relacionadas a la minería en la última semana:

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Yanacocha sumará inversiones por US$ 100 millones al cierre del 2009. Según su gerente general, Carlos Santa Cruz, se destinan al desarrollo de actividades en la región Cajamarca.

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Minera Volcan, en Arequipa, busca elevar su extracción de zinc y plata en los próximos años. Se incrementarían de 690.000 toneladas a 800.000 y de 23 millones de onzas a 30 millones en tres o cuatro años, respectivamente.

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Petrobras anunciaría hallazgo de gas natural en el lote 58. Reserva estaría ubicada cerca de Camisea, en la selva de Cusco.

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El ministro de Energía y Minas, Pedro Sánchez, confirmó hoy que las inversiones mineras en su país alcanzarán los 30.000 millones de dólares “en corto y mediano plazo”. LEAN LA BARBARIDAD QUE NOS QUIEREN VENDER LOS POLÍTICOS: “Estos proyectos desarrollados con responsabilidad ambiental y social, son una oportunidad para la lucha contra la pobreza en el país, sobre todo en las poblaciones ubicadas en el entorno de los proyectos, propiciando su desarrollo integral y sostenido”. Estos proyectos no son los que se necesitan y está confirmadísimo que a las empresas no les importa la gente.

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Sí, me da miedo. Tengo miedo de regresar a ver el Huascarán y ver que ya no es nevado y sea una simple montaña. Me da miedo ir a caminar por Huayhuash y ya no ver ningún pico. Me da cólera saber que el Pueblo de San Marcos, en Huaraz, recibe millones de soles mensuales, siendo así el pueblo más rico del país pero que nadie hace nada por asesorar a estas personas y físicamente parece el pueblo más pobre de Sudamérica. No se puede creer. Si en realidad quieren sostenibilidad, eso no se paga con dinero. Sino con trabajos de responsabilidad social. No bastan los millones para darles la verdadera tranquilidad a la gente.

Nadie está diciendo que no se hagan trabajos de minería. Son necesarios. Pero estos deben tener un mayor control. Es inaudito escuchar por ahí que cuando una mina termina sus trabajos en la zona, es usual y normal, para deshacerse de todo, taparlos con más tierra. Para que cuando pasen millones de años, los futuros pobladores de la tierra piensen que nosotros, más retrasados que los Nearthentales, adorábamos a los carros y a los Caterpillars.

Acá les dejo un pequeño video de lo que ocurre en la Oroya...