Dicen que se le respeta y que son la ley, sin embargo, cada día que pasa me doy cuenta que la vida real te dibuja algo totalmente diferente.
Era viernes y para celebrar el fin de semana, saliendo del trabajo, nos fuimos a tomar unos piscos sour al bar que muchos catalogan como la casa del trago bandera: el Hotel Maury. Está ubicado a dos cuadras de la Plaza Mayor de Lima y fue uno de los hoteles más respetados y lujosos de Lima cuadrada de hace unos 20 o 30 años. Ahí reposa, con todos sus recuerdos, su bar. En donde es imposible no imaginarse puros en las manos, sombreros altos, bastones, smokings y música clásica alrededor. Fácilmente podría oler a naftalina, pero la manera de cómo se renueva su público lo hace rejuvenecer día a día. Acoge comensales de todas las edades. La primera vez que llegué a tomarme un pisco en una de sus mesas, tenía 19 años, y en la última vez que fui, me crucé con señores de 60. Mucha diversidad. Pero bueno, me estoy alejando de mi historia. Divago con facilidad.
Después de tomarnos unos 3 tragos, nos retiramos a nuestros hogares. Esperé a que mis amigos salieran del trabajo y nos fuimos a comer. Chifa eligieron y al Wa Lok de Angamos en Miraflores llegamos. Eran casi las 12 de la noche y nos atiendieron con las justas. Después de comer como cerdos, buscamos unas cervezas. Todo estaba lleno por Miraflores y terminamos en Barranco. En una casa vieja a la que ya había ido antes a tomarme unas cervezas. Esta era su última velada. La iban a derrumbar y era su despedida. Fiesta demolición. Nos prometieron que sería un tono tropical, con chicas selváticas y ritmos como los Mirlos o Juaneko, y no escuchamos nada de eso. Tampoco era que moríamos por esa música, tan solo queríamos algo de movimiento. Tres cervezas entre 6 personas y yo ya estaba muerto de cansancio. Se me cerraban los ojos y decidí irme. Manejé hasta Magdalena para dejar a un amigo y regresé a Miraflores para dormir. Eran las 2 de la mañana y a unas cuadras de mi casa, cuando le colgaba el teléfono a Pia, mi mejor amiga que me llamó para reclamar por mi ingratitud en los últimos días, escucho las sirenas de una camioneta de policía. Deténgase.
Papeles. Ahí está todo. El brevete, la tarjeta de propiedad y el Soat. El Soat lo acabo de comprar (felizmente mi papá se percató cuando le dejé el carro en mi último viaje y me lo compró). ¿Sabía que está prohibido hablar por teléfono mientras maneja? Claro que sí. Era una urgencia. ¿Y ha tomado, no? No. Sople. Ha tomado. Un vaso. Hágame la prueba. Ya. Hagámoslo más rápido, cáete con un sencillo sobrino. No tengo plata (le mostré mi billetera y efectivamente, no había dinero, puras deudas). ¿Y ese billete? En medio de todos mis papeles se escapaba la puntita de 50 pesos argentinos falsos con el que me estafaron cuando viajé a Argentina. Estaba doblado y el policía no titubeó en llevárselo. ¿Cuánto me dan por esto? Son 50 soles jefe. ¿En serio? ¿Tienes más? (miró en mi billetera y jaló dos billetes verdaderos de cinco pesos) Me dio risa su descaro para pedir las cosas y lo angurrienta que suele ser la ley en nuestro país. Se lo dí, me despedí cordialmente y aceleré. Nunca doy dinero, prefiero la papeleta, esta ha sido la segunda vez que hago eso, pero en fin.
¿Está bien que me haya dado risa o me debió dar pena la forma desesperada con la que me rogó por dinero? Ahora ese policía se debe estar mirando al espejo repitiendo: "soy un imbécil". Pues sí, lo eres. Tú y toda tu gente.
lunes, 28 de julio de 2008
sábado, 3 de mayo de 2008
Xenofobia

Estuve en Bolivia algunos días. Entré por tierra y me regresé en avión. Durante los días que estuve ahí, la pasé bien. Tiene paisajes relajantes y actividades que hacen que no te aburras, sin embargo, cuando entré y salí fui recibido y despedido por las peores personas que existe para cumplir esta noble tarea de recibir y despedir a los turistas, algo importantísimo para que los visitantes se sientan cómodos, regresen y recomienden el país a sus amigos. Antes de ir, había escuchado la poca amabilidad de nuestros hermanos bolivianos, no pensé que fuera tan fuerte esta xenofobia, envidia o no sé qué sentimiento que hace que traten mal a los peruanos.
A la hora de entrar. Llegué por el Titicaca, hice el papeleo respectivo en la frontera peruana, terminé y fui a hacerlo al otro lado. "Tú no eres peruano. Tú eres chino. Tus apellidos son Lo y Lau. Me estás engañando", me dijo la persona encargada. (Ignorante). Mientras le trataba de explicar a este hermano "sin mar" que es posible que un "jalado" sea peruano, entraba Fernando Fujimoto, con quien viajé para hacer los reportajes. Él, como se darán cuenta, es un descendiente de japonés que también tiene DNI peruano, nos creyeron menos. Pero ante tanta insistencia nos dejaron, en mala gana, hacer los papeleos. Mientras llenábamos los formulários, cada dos minutos, se nos acercaban otros amigos "sin salida" a murmurarnos: "Japón. Japón", en un tono burlesco, tratándonos mal. Pésimo inicio. Entramos de mal humor.
Estuvimos cuatro días en Bolivia. No tuvimos mayor problema. Solo un taxista sin tacto que apenas nos sintió el acento peruano, nos empezó a bromear como sus íntimos amigos. "¿Los peruanos comen solo pescado, no?" (¿No será que ustedes solo conocen la trucha? Si les mencionas al lenguado piensan que los estás insultando). "¿Qué hacen dos hombres solos? Deben patear con las dos piernas" (Tan bruto es el taxista que no entendió que estábamos trabajando, no de paseo, cuando se lo explicamos minutos antes). "¿Quieren ir a divertirse con chicas o con chicos?" (Continuó este tarado que parece que a las justas sabe sumar sus pocos bolivianos -su moneda- que vale muy poco). Felizmente, la carrera, que costó 15 bolivianos, terminó.
Cuando salimos del país, fue lo peor. Gracias a que cerraron todo el centro de la ciudad por una maratón que congregó más policias que participantes, llegamos con las justas al aeropuerto. Después de chequearnos y dejar nuestras maletas, fuimos directamente a la sala de embarque. El de la puerta, un grandote con cara de culo, no nos quería dejar pasar, alegando que la hora de nuestro vuelo ya se había pasado. Tuvo que venir la representante de Taca para que nos deje entrar. Una vez superado ese inconveniente, en migraciones nos pararon a Fernando y a mí. Mostramos nuestros pasaportes, un poco apurados por el vuelo. La de Taca estaba a nuestro lado tratando de apurar todo. "Ahhhh... peruanos...". "¿Qué han venido a hacer acá?". "¿Cuántos días?". A pesar de que le mostramos nuestras credenciales del diario en el que trabajamos, no nos quiso dejar tranquilos. "¿Por qué tan nerviosos?, ¿ya se quieren ir?, ¿qué esconden?". Este personaje que brillaba por su ignorancia y pésima predisposición para ayudar y sumar, no se percataba que el avión nos estaba esperando. "Al cuarto", nos dijo con tono encarador (ese cuarto igualito a los vestidores de las tiendas de ropa al peso que hay en Larco). Entramos y ni nos revisó. Palmeó mis piernas y me dijo que me vaya. Duré tres segundos en ese rectángulo de triplay. Si quería toquetearme, lo pudo haber hecho en frente a todos. Yo tenía ganas de pegarle, pero estas personas se aprovechan de ese momento, en el que, lamentablemente, son la autoridad. Finalmente, llegamos al avión, arrancamos y pisamos Lima.
Me gustó Bolivia, lo recomendaría, es más, lo recomendaré en el periódico en el que trabajo (El Comercio), pero solo como experiencia. Porque las personas tienen que ir a conocer su continente, el mundo que habitan y Bolivia debe ser un lugar de paso obligatorio, sin embargo, el trato que te dan muchos bolivianos, hacen que no te den ganas de volver. Me encantó Bolivia, sus paisajes, más no muchos de sus pobladores. Es para ir, pero solo una vez. Antes de viajar ahora, pensaba tomar como parte de mi ruta de mochilero por Sudamérica, que haré en los últimos meses del año, a Bolivia, pero ya no. Prefiero irme por Chile. Aunque los chilenos, por lo que me han contado amigos que han pasado por la frontera, tampoco son muy amables. Ya no quiero ver más bolivianos, ni toparme con las personas que tratan mal a los demás.
Espero que esos maltratos no continúen en las fronteras ni en los aeropuertos de ningún país, ya que son los puntos donde deben estar las personas más capacitadas, que sepan recibir y despedir con amabilidad a los visitantes que están haciendo que entre más dinero y que se haga más conocido su país. Por mi parte, de turismo, no volveré en un buen tiempo a ese país. Algo que me da pena, pero prefiero sentir pena que fastidio.
miércoles, 16 de abril de 2008
Nuevo hermano
Días de malecón acaba, hace unos 10 minutos, de tener un nuevo hermano. Se llama Todo Tenis y está publicado, junto con otros renombrados blogs, en la página web de El Comercio. Como se darán cuenta la temática es distinta, pero no dejaré de escribir en esta página. No abandonaré Días de malecón, aunque tengo que ser sincero, lo he dejado de lado un poco. Sin embargo, no lo he olvidado. Así que métanse a leer más seguido y comenten en Todo Tenis (http://blogs.elcomercio.com.pe/todotenis/).
P.D.: Ya se vienen más novedades en esta página...
P.D.: Ya se vienen más novedades en esta página...
miércoles, 26 de marzo de 2008
La ciencia de los sueños
Era la última semana de clases. Solo faltaba dar un examen final. El de lengua. Era nuestro primer año en la universidad y todos habían jalado un par de cursos. A lo lejos vi algo que se movía extrañamente. Esa fue la primera vez que vi a Franchute. José Francisco Carreño Solís. Alto, moreno, bembón, ojos marrones y desorbitados e inocentes, pelo negro duro por la resina y el gel, con una raya bien definida a un costado. Siempre con terno. Tiene de todos los colores. Azul, verde, morado, celeste. Todos setenteros. De esos que de lejos ya huelen a naftalina. Adornados con corbatas delgadas, desgastadas y arrugadas.
Ha ido y sigue yendo a la universidad desde hace 15 años. Ha ayudado a decenas de personas de diferentes especialidades y edades. Todos lo conocían en la esquina de la sala de lectura de la biblioteca central. Parado ahí. Mirando a todos. Sin decir nada. Una vez que cualquiera se le acercara era inevitable hacerte su amigo. Buena onda. Inocente. Buen amigo. Algo transtornado, pero de buen corazón, como pocos en este mundo.
No lo conocía. Solo de vista. Más adelante lo conocería. A mí no me tuvo que hacer ningún favor, tampoco llegué a ser de su grupo cercano de amigos. Sin embargo, veía cómo se preocupada por ellos. Los ayudaba a hacer los trabajos finales, se metía a la biblioteca, les sacaba todos los libros que necesitaban, les hacía la mayoría de los resúmenes, hasta les compraba las empanadas en la cafetería. Un todo terreno.
Quería ser diplomático. Sus intenciones de entrar a la escuela diplomática se mantuvieron intactas. Lamentablemente nadie le dijo que eso sería imposible sin una buena vara o un largo apellido. Si no tiene ninguna de las dos (su caso) sería imposible. Pero él seguía batallando. En las cafeterías y en los jardines de la universidad, en el micro, en la sala de su casa, en el paradero, los siete días de la semana y las 24 horas del día. Mientras que en sus tiempos libres ayudaba a algún zángano con sus tareas.
Pasaron los años y él seguía ahí, en la universidad, en sus salones, en su biblioteca, en los jardines y en el paradero de los micros. Los años no han pasado para él. Un día, resaqueado y con un cigarro en la mano, me lo encontré. Ya no vestía su terno, sino zapatillas, un buzo y un polo bien gastado, como si hubiera terminado de jugar pichanga. Había salido a correr, ya no iba a la universidad, no le interesaban los libros y todo lo que había aprendido, lo estaba desperdiciando. Con los ojos rojos y el rostro empapado me confesó que ya se había desanimado, para él todo fue más complicado, ya no quería ser diplómatico. Estaba decepcionado de la vida o, mejor dicho, de la vida que le tocó vivir. Siempre soñó con ayudar a los demás. Ahora, no quería saber de nadie. Tenía planes de hacer un negocio. Importar ropa de China. Le deseé suerte y me fui.
Hace unas semanas lo volví a ver. Estaba en terno, uno nuevo. Negro. Elegante y fino, con una corbata negra, camisa blanca, bien planchada. Gemelos dorados que hacían resaltar sus mangas como si fuera la de un príncipe. Estaba dentro de un ataúd. Lo atropelló un carro cuando estaba yendo a recoger unos papeles a la universidad, después de haber llegado a un acuerdo con un empresario oriental. Todo fue tan jodido, que no sé qué pensar. Mi mente se mantiene en blanco y cuando lo recuerdo, sonrío por su cara de pavo. Pero también me da pena. ¿Él desperdició su talento o somos nosotros los que no lo aprovechamos?
La vida es tan jodida que ya no se sabe qué hacer. Si buscar cada día ser mejor, luchar por tus sueños, pelear hasta lo último (como intentó él) o simplemente dejarse llevar, si igual, al final, todos iremos a parar al mismo hueco, con los mismos gusanos.
Ha ido y sigue yendo a la universidad desde hace 15 años. Ha ayudado a decenas de personas de diferentes especialidades y edades. Todos lo conocían en la esquina de la sala de lectura de la biblioteca central. Parado ahí. Mirando a todos. Sin decir nada. Una vez que cualquiera se le acercara era inevitable hacerte su amigo. Buena onda. Inocente. Buen amigo. Algo transtornado, pero de buen corazón, como pocos en este mundo.
No lo conocía. Solo de vista. Más adelante lo conocería. A mí no me tuvo que hacer ningún favor, tampoco llegué a ser de su grupo cercano de amigos. Sin embargo, veía cómo se preocupada por ellos. Los ayudaba a hacer los trabajos finales, se metía a la biblioteca, les sacaba todos los libros que necesitaban, les hacía la mayoría de los resúmenes, hasta les compraba las empanadas en la cafetería. Un todo terreno.
Quería ser diplomático. Sus intenciones de entrar a la escuela diplomática se mantuvieron intactas. Lamentablemente nadie le dijo que eso sería imposible sin una buena vara o un largo apellido. Si no tiene ninguna de las dos (su caso) sería imposible. Pero él seguía batallando. En las cafeterías y en los jardines de la universidad, en el micro, en la sala de su casa, en el paradero, los siete días de la semana y las 24 horas del día. Mientras que en sus tiempos libres ayudaba a algún zángano con sus tareas.
Pasaron los años y él seguía ahí, en la universidad, en sus salones, en su biblioteca, en los jardines y en el paradero de los micros. Los años no han pasado para él. Un día, resaqueado y con un cigarro en la mano, me lo encontré. Ya no vestía su terno, sino zapatillas, un buzo y un polo bien gastado, como si hubiera terminado de jugar pichanga. Había salido a correr, ya no iba a la universidad, no le interesaban los libros y todo lo que había aprendido, lo estaba desperdiciando. Con los ojos rojos y el rostro empapado me confesó que ya se había desanimado, para él todo fue más complicado, ya no quería ser diplómatico. Estaba decepcionado de la vida o, mejor dicho, de la vida que le tocó vivir. Siempre soñó con ayudar a los demás. Ahora, no quería saber de nadie. Tenía planes de hacer un negocio. Importar ropa de China. Le deseé suerte y me fui.
Hace unas semanas lo volví a ver. Estaba en terno, uno nuevo. Negro. Elegante y fino, con una corbata negra, camisa blanca, bien planchada. Gemelos dorados que hacían resaltar sus mangas como si fuera la de un príncipe. Estaba dentro de un ataúd. Lo atropelló un carro cuando estaba yendo a recoger unos papeles a la universidad, después de haber llegado a un acuerdo con un empresario oriental. Todo fue tan jodido, que no sé qué pensar. Mi mente se mantiene en blanco y cuando lo recuerdo, sonrío por su cara de pavo. Pero también me da pena. ¿Él desperdició su talento o somos nosotros los que no lo aprovechamos?
La vida es tan jodida que ya no se sabe qué hacer. Si buscar cada día ser mejor, luchar por tus sueños, pelear hasta lo último (como intentó él) o simplemente dejarse llevar, si igual, al final, todos iremos a parar al mismo hueco, con los mismos gusanos.
miércoles, 19 de marzo de 2008
¿¿Y la miss??
Durante los festejos de la Vendimia de Ica 2008, yo, un bufón cualquiera, tuve el placer de conocer a una de las reinas de la Vendimia. Mientras ella y las demás se dedicaban a pisar las uvas, yo la miraba atentamente, cada movimiento. Me han dicho que soy muy conchudo para mirar. Pues sí, si me gusta, miro. Quería ser la uva y que ella esté encima de mí. Que me pise y que me patee con fuerza. Después que me saque el jugo, me tome y finalmente que se embriague con mi cuerpo. Era linda.
La durante todo el fin de semana. Mi presencia tampoco le era ajena. Me sonreía y me miraba con deseo, yo lo sé. Pelo castaño, piernas estilizadas, cuerpo delgado, sonrisa pícara y piel suave (no la toqué, pero la sentí cuando nos dimos un beso).
Habíamos quedado en vernos en la última noche. Ella tenía que ir a una fiesta de Joselito en un club de la Huacachina (en honor a las reinas) y me invitó a ir. Nos despedimos, cada uno se fue a su hotel, ella con las reinas y yo con Choy, el fotógrafo de guerra con el que viajé. De ahí nos vamos a Duna (una discoteca) a tonear, me dijo ella.
Pasaron las horas y salí hacia la Huacachina. Salí solo. Choy tenía sueño. Yo no. Quería verla. Me había cambiado y bañado. Polo y pantalón. Los dos arrugados, pero estaba ahí. Me había quitado mi short y mi polo viejo. Me bajé del taxi, puse cara de serio y camine sacando pecho hacia la puerta. Soy prensa. No, este es un evento privado. No entras. (oeee que!!! Ella está adentro esperándome!!). No le iba a rogar, si no quiere, no quiere. ¿Cuánto cuesta la entrada? 60 soles. Media vuelta y adiós.
Entonces, como quería verla y me había dicho para ir después a Duna, me fui a Duna. Eran las 12 de la noche. El lugar estaba casi vacío. Un par de gorditos bailando por ahí y unos cinco grupos de jovenzuelos de 18 años emborrachándose por todo el lugar. Yo en una esquina, sentado en un sillón, esperando la llegada triunfal de las reinas, o de mi reina.
1 a.m.. No llegaban. Ya me había tomado lentamente mi botella pequeña de Pilsen. Empezó a llenarse poco a poco. Todos bailaban todas las canciones. Hasta la de “claro que te clavo la sombrilla” fue meneada por los cuerpos ya sudorosos de los bailarines de fin de semana.
1:30 a.m.. Me compré una botella mediana de cerveza Franca. Se acabaron las personales. Tomando lentamente en la misma esquina. Mirando el reloj y riéndome de todos ahí. También pensando ideas para mi chamba, para mi vida y qué hacer en casos de emergencia en el lugar. Por eso me coloqué al lado de la puerta principal. Iba por el cigarro número diez.
2:00 a.m.. Me terminé la botella. Estaba a punto de hacer lo mismo con la cajetilla de cigarros. Compré una botella de agua. La reina no pasaba por la puerta.
2:30 a.m.. Después del último sorbo de agua, me voy. Le metí un tanganazo y largué. Ya estaba aburrido y nadie llegaba, solo se iban. Pero no pude irme tan rápido. Tan solo hice el amague, me quede al lado de la puerta unos 10 minutos y no llegó. Me fui y nunca más la vi.
Han pasado cinco días y me da curiosidad conocerla, quisiera encontrármela y saber de ella. También recordar su nombre (perdón, tengo pésima memoria) y su edad. Solo sé que estudia derecho en una universidad en Lima y que fue la Miss Finlandia. Dice tener antepasados finlandeses, también arequipeños, cusqueños, iqueños, pucallpinos, de todos lados.
Como verán, no la volví a ver, ¿me habrá choteado?
La durante todo el fin de semana. Mi presencia tampoco le era ajena. Me sonreía y me miraba con deseo, yo lo sé. Pelo castaño, piernas estilizadas, cuerpo delgado, sonrisa pícara y piel suave (no la toqué, pero la sentí cuando nos dimos un beso).
Habíamos quedado en vernos en la última noche. Ella tenía que ir a una fiesta de Joselito en un club de la Huacachina (en honor a las reinas) y me invitó a ir. Nos despedimos, cada uno se fue a su hotel, ella con las reinas y yo con Choy, el fotógrafo de guerra con el que viajé. De ahí nos vamos a Duna (una discoteca) a tonear, me dijo ella.
Pasaron las horas y salí hacia la Huacachina. Salí solo. Choy tenía sueño. Yo no. Quería verla. Me había cambiado y bañado. Polo y pantalón. Los dos arrugados, pero estaba ahí. Me había quitado mi short y mi polo viejo. Me bajé del taxi, puse cara de serio y camine sacando pecho hacia la puerta. Soy prensa. No, este es un evento privado. No entras. (oeee que!!! Ella está adentro esperándome!!). No le iba a rogar, si no quiere, no quiere. ¿Cuánto cuesta la entrada? 60 soles. Media vuelta y adiós.
Entonces, como quería verla y me había dicho para ir después a Duna, me fui a Duna. Eran las 12 de la noche. El lugar estaba casi vacío. Un par de gorditos bailando por ahí y unos cinco grupos de jovenzuelos de 18 años emborrachándose por todo el lugar. Yo en una esquina, sentado en un sillón, esperando la llegada triunfal de las reinas, o de mi reina.
1 a.m.. No llegaban. Ya me había tomado lentamente mi botella pequeña de Pilsen. Empezó a llenarse poco a poco. Todos bailaban todas las canciones. Hasta la de “claro que te clavo la sombrilla” fue meneada por los cuerpos ya sudorosos de los bailarines de fin de semana.
1:30 a.m.. Me compré una botella mediana de cerveza Franca. Se acabaron las personales. Tomando lentamente en la misma esquina. Mirando el reloj y riéndome de todos ahí. También pensando ideas para mi chamba, para mi vida y qué hacer en casos de emergencia en el lugar. Por eso me coloqué al lado de la puerta principal. Iba por el cigarro número diez.
2:00 a.m.. Me terminé la botella. Estaba a punto de hacer lo mismo con la cajetilla de cigarros. Compré una botella de agua. La reina no pasaba por la puerta.
2:30 a.m.. Después del último sorbo de agua, me voy. Le metí un tanganazo y largué. Ya estaba aburrido y nadie llegaba, solo se iban. Pero no pude irme tan rápido. Tan solo hice el amague, me quede al lado de la puerta unos 10 minutos y no llegó. Me fui y nunca más la vi.
Han pasado cinco días y me da curiosidad conocerla, quisiera encontrármela y saber de ella. También recordar su nombre (perdón, tengo pésima memoria) y su edad. Solo sé que estudia derecho en una universidad en Lima y que fue la Miss Finlandia. Dice tener antepasados finlandeses, también arequipeños, cusqueños, iqueños, pucallpinos, de todos lados.
Como verán, no la volví a ver, ¿me habrá choteado?
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